Hago un manojo con toda mi historia, con cada uno de sus instantes, sus viajes siderales, sus tremendos pozos; lágrimas convertidas en espinas profundas, sonrisas convertidas en remansos en el viaje; ato todas mis pérdidas y mis aprendizajes, la soledad y su túnel infinito,y la mano sobre el hombro, el abrazo ante el mundo todo; pliego banderas de sueños, ideales, y recogo las numerosas derrotas y mezquindades adheridas al suelo; doblo las ternuras que me fueron prodigadas, junto los golpes que recibí y no devolví de ningún modo; hago un nudo con el brillo de ciertas noches, la infancia surcada de juegos y ausencia, y el asombro ante los paisajes que ví y que aún no ví y que tal vez nunca veré; ciño mis huídas y mis besos hasta que no escapen, mi angustia apunto de derramarse, mi satisfacción por cualquier cosa; mezclo los diversos rostros en los que madura el miedo, el estar sano, enfermo, las múltiples caras de mis razones y verdades, la seguridad con la que desperté esta mañana, las respuestas recibidas en sueños, el dolor con el que cerré los ojos; pongo uno al lado de otro a cada uno de los que me quisieron, sostengo a los quise y quiero; aquí están los motivos por los que me hice grande, aquí los otros por los que dejé de ser niño, aquí los gestos que revelan la existencia, aquí las nadas, el suspenso; enredo alambres y espiraciones, las flores que compré y las que nunca me vendieron, mi nacimiento, las hendiduras por las que renací, mis renuncias y declives, las señales que guían a la muerte definitiva que me acecha. Repaso cada color hasta asegurarme que mantengan en sí sus nombres propios, que no haya espacios vacíos, sólo rótulos, y sí, ahí están, en mí permanecen y los convoco; con todo esto, aluvión reducido a puñado, formó la voz que desde la otra orilla llega y te dice, grito, susurro, temblor, firmeza, incandescencia y crespúsculo: Yo. Y luego... Te amo. ¿Comprendes la respuesta, repetida una y otra vez, frente a las ráfagas de tu éxtasis, tu incertidumbre, tu esperanza, tu costumbre, tu dulzura, tu rechazo? Yo, te amo.
Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet
A veces, como tantos otros, reniego de mi trabajo. Haber devenido admnistrativo tras el apasionante equilibrio entre las palabras y el tiempo, la incierta y electrizante tormenta de la comunicación de noticias -aún en medio de esta pequeña provincia donde apenas se forman algunas nubes de vez en cuando- no deja de ser un cachetazo que en algunas ocasiones se transforma en una verdadera patada. De pronto, mi ansiedad pasa por contar los días para que llegue el pago y que se cumpla así, una vez más, el rito de ganarse el pan y la banda ancha. Tras abandonar aturdido el recinto de papeles, voces acuciantes, llamadas, desencuentros, archivos, órdenes y contraórdenes, competencia, formales ires y venires, engranajes, callejones sin salida, precipicios, vericuetos, todo dentro de un gran embudo que va a parar al bendito, infalible, amenazante, sistema monitoreado desde las alturas, es inevitable... me ganan grandes dosis de desgano, de autocompasión, autoflagelación, sólida amargura a la que llevo de la mano y dejó en la puerta sólo para convertirme en un consumidor más, espantar las sombras un rato bajo las enceguecedoras luces de un local comercial, regresar a casa con un paquete que abrir y algo más que guardar. Mi alma, compacta, se encierra y dispara tras el cristal de una ventana contra el asedio de la tristeza. Dispara como sabe, con palabras, con libros, con ideas... Ser-hacer-tener, autoestima-capitalismo, necesidad-libertad, y Rilke susurrando sus consejos desde una "carta a un joven poeta" que cada más es él y no yo: "la soledad también es trabajo, jerarquía, profesión. ¿Por qué empeñarse en cambiar por defensa y desprecio la sabia incomprensión de un niño?... Su profesión es dura, lo sé, y se contradice plenamente con usted mismo; preveía sus quejas y sabía que vendrían... Las condiciones en que ahora tiene usted que vivir no se encuentra más pesadamente cargada de convencionalismos, prejuicios y errores que las otras condiciones... Ninguna hay lo suficientemente amplia como para relacionarse con las grandes cosas en la cuales consiste la vida verdadera". La vida verdadera...
Entonces, en medio del tiroteo entre el mundo y mi pobre yo acorralado, un toque en el hombro a tiempo basta.
Para estos momentos tan especiales nada como el viaje urbano y sus pantallazos, observar a los obreros cavar pozos y levantar paredes a las cuatro de la tarde, con el sol impiadoso en plena yerra, una botella ya caliente y el sandwich de jamón y queso a medias en un costado. O encontrarse fugazmente en una vereda con el recolector de residuos corriendo junto al camión, el rostro flaco jadeante, los ojos grandes y perdidos, la gorra hundida hasta las dudas y vergüenzas del comienzo, que quedaron atrás entre el entumecimiento y el vértigo. Verlo levantar una bolsa tras otra, sin mirar a nada y a nadie más que a lo que otros dejaron en la sombra y la boca grande del camión que se come su sudor entre los desperdicios. No digo tiempo, no digo sueños, no digo vida, porque esos no se entregan tan fácil, en muchos casos es en esos detalles, esos trastos, que se esconde "la chispa" que impulsa o se contrapone, y que de salvarse, salva, ya lo dijo el poeta.
Verlo y remontarse a la oficina, al cómodo sillón frente a la computadora, al bar y el aire acondicionado funcionando a pleno.
"Es cuando estás en la mala que te das cuenta que todo tiene dueño y de que hay cerraduras en todas las cosas", dice en ese preciso momento socarronamente Bukowski desde un costado, tirado en el suelo, entre un cesto con basura y la calle, y con una botella de vino al lado.
Ver al recolector intentando pasar por la cerradura y lográndolo apenas, a ese costo, todas las noches.
Sin más, la realidad levanta con una sola mano a "la vida verdadera" y la arroja al camión en marcha. Mi escenario de cowboy cae a pedazos con un soplo de humo del caño de escape. La dramática frustración es ahora sólo una pistolita de juguete desechable. Digo que no puede ser que aún existan empleos como ésos, pero ni yo me lo creo, y que deberían ser los mejores pagos, pero todos sabemos que no lo son. Y mis argumentos y quejas se van silbando bajito por la vereda, porque aunque tuvieran algo que decir, comprenden que los mandaría a la mismísima mierda apenas abrieran la boca.
Dibujo: autor desconocido / Fuente: Internet

Mi abuelo murió en su cama, mientras dormía junto a su esposa, como todas las noches de los muchos años compartidos. Se fue repentinamente, poco tiempo después de que le anunciaran la enfermedad y sin que los dolores, ni los tratamientos, llegaran a invadirlo por completo. Me contaron que su rostro reflejaba paz y que hasta se le adivinaba una sonrisa, ésa con la que me acarició tantas veces de niño dándome la bienvenida a su casa, punto de encuentro para tantos, mundo de la calidez y la fantasía, el hogar que había levantado con sus manos bajo la mirada soñadora de mi abuela. Supe entonces que ese hombre alto y flaco, silencioso, rugoso como la madera, había muerto de la mejor manera posible, que si hubiera podido elegir una partida no habría dudado: junto a ella, el amor de su vida, con la que tuvo siete hijos y se rodeó de nietos y amigos.
Siempre miré su relación como un romance eterno, mientras el mundo giraba a los tumbos y tironeos, entre los divorcios de unos, las amargas uniones de otros, el amor reducido a negocio, distancias y recelos, en esa casa de pájaros, plantas y brasero, mis abuelos permanecían recreando cada día los ritos con los que entretejieron un vínculo ejemplar. Fueron compañeros en todo, se cuidaban mutuamente, se entendían con la mirada, sabían hacerse reír uno al otro. Hasta cuando el silencio y la soledad vinieron a ampliar los espacios de la casa construída a lo largo, bastaba observarlos cada uno en sus quehaceres cotidianos para descubrir el brillante haz de luz que los unía, la presencia constante del otro en ese mundo elegido para ser en conjunto, el secreto regocijo de compartir la vida, sin teorías, sin interferencias de terceros, sin rebusques de ningún tipo. En definitiva, sin entenderla de otro modo que siendo a la par, que caminando sobre fundamentos de vida fusionados con el latir mismo del corazón.
Cuando no hubo más latidos para mi abuelo, mi abuela, la mujer de su vida, que ya sufría ciertos trastornos en su memoria y en sus huesos, se internó sin retorno en el túnel de la confusión y fue apagándose de a poco. En realidad, esperó un tiempo y después salió en su búsqueda, agotada su luz en el aislamiento incomprensible de su otra parte. Y es que en un principio, como si ella no lo supiera, hubo que mentirle que su esposo había viajado a otra provincia para curarse, pero los días se hicieron meses, y a la deriva entre la realidad, el recuerdo y el desconcierto, la angustia asentó su peso y no volvió a levantarse. "Después de tanto años, venir a hacerme esto...", se lamentaba últimamente, cuando le daban por enésima vez la falsa explicación del traslado, quién sabe, acaso siguiendo el juego de aquellos que, desesperados, sólo querían verla bien.
Finalmente, decidió viajar ella también y lo hizo en el mismo lecho sobre el que había partido su esposo. Pienso que es muy probable que despertaran otra vez juntos, que de nuevo hicieran coincidir sus espacios y tiempos en un mismo latido, un mismo amanecer, acaso más jóvenes, o tal vez no, (ellos siempre pudieron descubrirse igual, fueron cambiando juntos, que es una forma de permanecer mejor que cualquier receta de eternidad), pero ya sin los achaques de la vejez. Igual, como siempre, mi abuelo se levantaría primero, le prepararía el desayuno a ella y, de ser necesario, la ayudaría a bañarse.
Dejé de frecuentar a mis abuelos mucho antes de que fallecieran. Las noticias me las comunicaba mi madre, que atravesó la pérdida con valentía, pero sin poder evitar el tremendo desgarro. En mi última mudanza, el retorno a la vapuleada soledad, él, con su enérgica ternura; ella, con su entrega enamorada, volvieron a mí literalmente para cobijarme. Es que mi madre extendió sobre la cama ahora grande y sola un regalo inesperado: uno de los cobertores que mi abuela guardaba en un armario y que en algún momento recubrió su amoroso descanso juntos, sus sueños, sus pasiones, el lecho sobre el abolieron la separación y la ausencia, su vuelo eterno. Cuando quedé nuevamente solo, me senté en la cama, puse una mano sobre esa especie de escudo y de alfombra mágica. Pensé en mis abuelos.
Nada está perdido a la luz de los amores perdurables.
Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet
Un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.
Desde pequeño me fascinaron las espadas. En los juegos infantiles, donde las espadas se construían con el pedazo de madera justo, me tocó ser líder, escucharme llamar "jefe" por varios que compartían el mismo ensueño de la batalla permanente bajo el calor de la siesta y el refunfuñante permiso de las madres. Venían hacía mí solos o acompañados por sus hermanitos menores, establecíamos un campamento, formábamos un círculo, y allí mi voz se escuchaba entre todas las voces, con confianza, con gestos sinceros, con la imagen de respeto que cada uno a su modo había logrado construir en los pocos años. Se esperaba mi instrucción, mi consejo. Y no era el más fuerte, ni el más audaz, ni siquiera el más rebelde a los preceptos paternos. Pero les hablaba de códigos, establecía reglas, claveteaba no sólo mi espada, sino también un ideal que hacia posible la imaginación, una bandera, el espacio donde todo tuviera lugar y donde todos estuvieran contenidos. Mis palabras servían de razón y aliento suficientes; y porque yo era leal a mis palabras con actos, ellos eran leales conmigo como ejemplo.
En algún otro escrito recordaré como se debe a aquel compañero de aventuras, un muchachito escuálido, siempre mocoso y agitado por el asma, de gran inventiva y habilidad manual, hijo de un duro oficial del Regimiento. Una tarde no lo vimos y sólo escuchábamos a través de la tapia de su departamento el fragoroso golpe del martillo contra el acero, la áspera risa del ir y venir del serrucho sobre la madera. Estuvo trabajando toda la tarde y cuando por la noche, antes de cenar, me asomé a mi balcón, aún pude ver luz en el pequeño rincón que usaba como taller para sus manos, tan vivaces y seguras que contradecían la languidez del asma. Por la mañana -la mayoría íbamos a la escuela por la tarde- tocaron a la puerta. Yo quedaba a cargo de mis hermanos más pequeños mientras los adultos trabajaban, así que abrí con cautela, a medias, porque no se acostumbraban visitas. Del otro lado, estaba él, la sonrisa también cauta, a medias, pero con los ojos radiantes, el rostro diferente: traía algo que yo no podía ver desde donde estaba. "¿"Que haces?" -dije aún sin abrir del todo. Entonces, en un rápido movimiento, se acercó a la puerta entornada, extendió las manos y me presentó una especie de rifle, fusión de acero y madera, de medidas precisas y de formas entre reales y quiméricas, primitivas y modernas, como las armas de aquella película (no sé cuántos recordarán) Mad Max. Era un espectáculo al lado de nuestros palos y maderas simulando espadas y escopetas, incluso al lado de las anheladas armas plásticas que se vendían en las jugueterías. En su tremenda timidez, se animó a mirarme a los ojos: "Para usted, general", así dijo, dijo "usted" y "general", sin reírse, y apenas alcance a tomar el rifle abriendo más la puerta, aún sin entender nada, desapareció por el pasillo y lo escuché bajar corriendo las escaleras. Cuando entré, descalzos, con el pelo revuelto, y con el sueño todavía sin largarlos del todo, mis hermanos más chicos me miraban asombrados, miraban a otro niño como ellos sosteniendo una formidable arma imaginaria, y que sin peinar sus rulos ni lavarse la cara, aquella mañana se había graduado de general.
Pasaron rápidos los años, "ladrando como zorros locos" al decir de Neruda, que también reconoce: "mi corazón ha caminado / con intransferibles zapatos / y he digerido las espinas". No podría haberse expresado de mejor modo. Irrumpió la adolescencia, y con ella cayeron una a una mis medallas en un pozo de melancolía, se dispersaron intereses y lealtades, quedó arrumbado aquel refugio, los departamentos no los habitan ya familias numerosas, sino fugaces estudiantes sin generales, sin herramientas, sin tiempo para montar un pequeño taller en una esquina. Le salió a mi mundo una solitaria cornisa. Otros son los tiempos, otros los juegos, otras las armas.
Y sin embargo... un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.
Tengo sólo estos restos de infancia en mi memoria. Aquella firma puesta al pie de cuentos y poemas que vinieron con el temprano trasplante de mi vida a una casa, una habitación solitaria, un barrio sin amigos, sin aquellos que sostuvieron el despliegue de mi infancia, y el cambio de mi estrafalario armamento por una máquina de escribir, regalo de cumpleaños. Entonces, con doce años, los escritos de ocasión para ablandar el corazón de los familiares dieron paso a ésos donde mis delgados dedos imprimieron: "Javier Martínez - Escritor", y tambien a los innumerables caminos hechos, a medio hacer y todavía pendientes en el montón de libros que comenzaron a llenar la habitación, y continuaron haciéndolo año tras año, hasta hoy, hasta conformar este espacio donde apenas queda lugar para algo más que literatura. Conquisté o fui conquistado por una nueva pasión. Me fue dada. Acaso sólo eché mano en el naufragio. (Que lo analice un psicólogo). Reconstruí con poesía el refugio. Rearme el círculo con rostros, vidas y caracteres a través de las páginas. Les fui leal. Quiero decir, también tengo estos poemas, esto que escribo, estos libros.
No tengo tu amor.
Y me he puesto a pensar que un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.
Será que lo demás no perdona su elección, transformada en única. Será que su lealtad es abandono de otras, que se hacen pasado o quedan en lo posible, y eso no admite expiación. Será que cuando una lealtad firme es barrida por completo o queda subsumida en una lealtad superior, se torna irrecuperable como lealtad. Será que nunca basta, nunca es consuelo suficiente para algo que más que sobrevivir el que los "únicos paraísos sean los paraísos perdidos".
Será una forma más de decir que la vida vale lo que vale y nos transfigura conforme a esa lealtad que seamos capaces de experimentar por algo o por alguien. Y yo fui leal.
Desde pequeño me fascinaron las espadas. Y los amigos en torno a ellas.
Desde joven la literatura me transportó. Y presentí su itinerario inacabable.
Desde ayer no tengo tu amor.
No tengo tu amor.
No tengo tu amor.
Foto: D. Chapala - Fuente: Internet
Concuerdo con Borges: no hay diferencias sustanciales entre el cuento y el verso. Sólo que en el verso se es más conciso; se resume mucho en una sola frase. El cuento, en ese sentido, otorga al autor mayores libertades. Hablar de ventajas entre uno y otro "género" es tan indeterminado como establacer márgenes para la fruición.
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Yo no sé que recóndito consuelo encuentro al leer a Borges -
Adenda para otros "inquisidores": el poeta Antonio Requeni transmitía en una amplia nota publicada en Revista La Nación allá por el 2002 el siguiente pensamiento del creador de tantos cuentos y poemas admirables: "El único género es el verso. Desde el momento en que el escritor cuida el ritmo de la frase, ya está versificando, y es indiferente que lo haga en páginas de versos aislados o de maciza prosa".
Dibujo: Malena Peralta - Título: desconocido - Fuente: Internet
En realidad, algunas definiciones escritas en una vieja libreta borroneada en las arduas horas de dispersión en el Profesorado (algún día les contaré del Profesorado). A decir verdad, no de tanta desatención, ya que una compañera había preguntado al docente cómo podía darse cuenta si lo que ella escribía se podía considerar "arte" o "poesía", si "servía". Recuerdo que un tiempo después le regalé algunos libros (Nietzsche y Arlt) con una dedicatoria con algo parecido a lo que aquí transcribo. De la respuesta del docente, ni me acuerdo, pero en esa época unos pocos estábamos convencidos de que también se aprendía por oposición.
El arte no se produce, el arte sucede.
Se producen diferentes tipos de texto.
La poesía sucede.
Como suceden la vida y sus aconteceres.
La poesía es un acontecer más,
uno inevitable en la vida de un poeta.
La poesía es un destino.
Podrás preguntarte una y mil veces si lo que haces
sirve para algo, si es "productivo".
No obtendrás respuesta segura.
Y si por casualidad la obtienes,
analiza en qué te estás equivocando,
tal vez diste vuelta en una calle errada.
La poesía, si así tiene que ser,
te seguirá sucediendo más allá de todo,
te seguirá exigiendo internamente
que siempre rectifiques el rumbo.
Acaso el único propósito de la poesía
sea reconocerte en lo que escribes
y que otros hombres puedan reconocerse.
Cuando esto no basta, mala cosa para un poeta.
Buena, tal vez, para el productor de textos,
que ahora sirve eficientemente a un propósito distinto.
Producir, producirás textos.
La poesía sucede.
Post nota:
“El arte sucede” dijo el pintor estadounidense James Whistler para concluir una discusión sobre el origen del arte.
"La rosa es sin porqué, florece porque florece..." recuerda Borges que sostuvo el poeta Angelus Silesius. Borges mismo definía al arte como un "misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la rétórica".
Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet
Curiosos demonios son los que se espantan hoy de las casas.
Demonios que no aprendieron este tiempo sino a cuidar de otros;
a sostener y acompañar a otros; a velar el sueño, la alegría, el dolor de otros;
a compartir el pan y lo poco de más que hubiere con otros;
a dedicar el tiempo a otros; a encontrar ganancia en la sonrisa de otros;
a abrir la puerta del propio hogar a los otros con sus miedos, emergencias y riesgos;
a suavizar el pasado y ser pequeño surco hacia un presente posible.
Demonios dedicados a hacer emerger un día auténtico con un beso verdadero;
a no declinar la ternura frente a la crueldad y el prejuicio;
a mostrar las torpezas desnudas para poder ser junto al otro completos;
a confesarse débiles bajo la caricia, a mostrarse resueltos sin tener más que certezas mudas;
a jugarse por un sueño, una lágrima, una palabra, un gesto de otro.
Debería haber un lugar donde plegar y preservar estos demonios, sin necesidad de negarlos,
sin asfixiarlos, sin rematarlos desvirtuándolos y espantándolos con sahumerios.
Si no atan... y si la soledad de siempre les es devuelta de sopetón entre las manos coloridas...
¿A qué agrandar su dolor sin una palabra que les haga entender que nada fue en vano?
Al menos eso.
A los desconcertados...
A los prejuiciosos...
A los soberbios...
A los miopes de alma y de años...
A los desencantados...
A los calculadores de su propio interés...
A los que salió un juez en la frente y un niño se les tapó en el alma...
A los que afirman desconocer lo que jamás intentaron conocer...
A los expertos en su sola experiencia...
A los que rodeados de su propio halo son incapaces de ver a los demás...
A los que ya no tienen o jamás tuvieron ni tendrán su gran historia de amor...
A los 30 años me enamoré en un parque de una mujer maravillosa, y pude ver más allá de lo aparente, y toda su historia se me hizo presente, su ser niña, su ser joven, su ser madre, su ser mujer. Mi amor la recorrió completa, la aceptó completa, la asumió por entero, y se hizo uno con su resplandor triste y sus magullones de fe inexpugnable.
A los 30 años y después varios años más, desafié junto a ella el miedo y el aislamiento de comenzar una nueva vida, cuando todo entorno dudaba, tomaba distancia, juzgaba. Nos elegimos, sin más vueltas. Y la vida nos abrió las manos para darnos su resto de cosas bellas, esas que empecinados aún soñábamos.
A los 30 años, mi corazón y mi conciencia hicieron una elección madura sólo como ésta puede darse: sin la certidumbre de un final feliz, sólo un proceso donde el alma, pasara lo que pasara, siempre habría de amanecer primero y dormirse la última. Se trata de crecer y de experimentar como el mundo se transforma si el amor es real, no garantizado.
A los 30 años, señor que me juzga por mi cara sin arrugas suficientes, por mis pocas canas, por mi postura dubitativa, por mi voz ausente o casi adolescente, o porque prefiero los libros y se me queman un poco los asados, o no soy de agarrar demasiado la pala, ni se nada de autos, y hablo mucho de ideas y sueños; o señora que me imagina jugando un juego sin saberlo; o que mira escandalizada a los chicos mientras abrazan y ríen, y cuestiona vaya a saber qué; o que ya hizo la radiografía de mi salario y detectó que apenas alcanza para una famillia de tantos, para una mujer así; o que se empecina en la diferencia de años como si tuvieramos culpa de que usted se encuentre en este estado, y la rodeen los como usted, y nosotros podamos vernos como sólo el amor nos deja festejarnos en ternura, alegría y gozo. Esto sin contar, señora, señor, los ideales sobre los que este brillo se asentó. Se les torcerían las bocas aún más y se les caerían los alfileres del pobre afiche del catecismo y la politiquería.
A los 30 años me puse junto a esa mujer y no me separé más. Trabajé duro por un proyecto juntos, o quien sabe... tal vez sólo porque me gustaba como sonreía, convencido de que el mundo no podía perderse algo así. Y porque era plenamente conciente de lo que ella provoca en el mundo una vez que la confianza vence a la tristeza. Y que en ese mundo había otros seres que de ella dependían para alcanzar la alegría y sobreponerse a todo mal que los circundara. En mi interior me prometí que no la dejaría caer, hasta donde mis fuerzas pudieran. La amé intensamente, como hasta entonces no amé a nadie más. Y ella lo sabe. La amé limpiamente, con pureza y hombría. Dado a los libros y el intelecto, aprendí a quemar menos el asado, me aventuré por calles con una moto.
Pasó. Mis torpezas terminaron por irritarla, las limitaciones por desgastarla, el trabajo por absorbernos, la magia por perder el chispazo. Ella se cansó de mí. Yo me aferré a las esencias, que cuando no son de a dos equivalen a hilachas de romanticismo fatuo. Terminé por serle insoportable. Pero esa es otra historia...
Hoy tengo 34 años. La he perdido. Señora, señor, pensarán que tuvieron razón. Nada más equivocado. Para empezar, ni usted, ni usted, hubieran podido jamás pasar por lo que nosotros pasamos, y detenerse a amarnos como nos amamos; obtener al menos el porcentaje de IVA de lo que nosotros, en definitiva, por atrevernos ganamos. Pero ni siquiera se trató de eso, de una prologada y animosa aventura... No, señor, no, señora, con nuestras revoluciones y caídas, obviamente, fuimos UNA FAMILIA, o lo intentamos. Acá como me ve... me paré donde usted jamás se hubiera parado y donde más de una vez hubiera querido, con envidia, haber estado después del chubasco. Saque pecho a lo macho, haga resplandecer las canas, ejercite el rictus amargo en el rostro, revoleé los ojos, vaya y venga con el auto, traiga a Cucca coiffeur, conforme un comité de marchitas, abra todo un plan para una vida nueva... Lo que ella y yo tuvimos nadie más puede tenerlo. Y se puso a pensar usted, al que la vida de ella, la mía, la nuestra, vaya a saber, no le son indiferentes, se puso a pensar que ¿por algo será? Y es que lo más jodido, es que ella me eligió a mi. ¿Inentendible, no?
Señor, señora, lo digo después de no pasar su examen: durante cuatro años compartí momentos maravillosos, de lucha, de pequeños logros, de avance, de dicha cotidiana y entrega; casi una épica que desdeño ante sus ojos cubiertos por un mechón de pelo al despertar; compartí lo que soy y la mayor parte del tiempo procuré dar lo mejor de mí mismo. Con trabajo duro, ayudé a solventar una familia y si tuve que sacrificar aspiraciones personales, sin dudar lo haría de nuevo porque ahí está mi verdad y mi alegría. O sea, por ganas de ser aún más yo mismo y no sólo por mero altruismo. Con mi amor, construí una pareja que se puso más allá del tiempo y el espacio, que se abrió a la vida, que lo enfrentó todo, y que escaló cimas hasta estar muy cerquita de Dios, del Dios apasionadamente humano. Fuimos cuerpo y alma en un mismo vuelo. Nos buscamos con el corazón, la piel, los sueños, la sangre y los días. Creamos una y otra vez al niño que nos fue negado y que por inexistente se extendió en la vida misma, el renacimiento, la esperanza. Con mi ternura, quise ser antes que nada, amigo.
Extraños demonios se espantan hoy de las casas.
Incomprensibles para muchos y, por eso, fantasmas.
Señora,
señor,
tú misma...
¿Con que metafísica taparse ahora la cara?
Foto: Gárgola - Autor: desconocido - Fuente: Internet
Y qué duda cabe. Cerré los ojos sobre tu última frase, fui puño llevándola hacia dentro, fui palma reteniéndola hacia fuera un instante. Tu voz estaba ahí, tu mensaje distante, y primero fue muro, más después caricia tenue, clave. Primero, negativa contra la cual estrellarme, luego advertencia ante la cual inclinarme.
Ya no estás. Nada más importa. Nada más puede decirme ni explicarme nada. Nada tengo que buscar en el malentendido disfrazado de encuentro de una desconocida frente a un desconocido de rostro borroso y obstáculo. Ni el sobresalto, ni la amargura, tampoco el desprecio, nos pertenecen. Rehúso la hoja afilada del odio, y creo que también la dejarías a un lado.
Una sola cosa: que esta sombra cobarde, antes agazapada o lejos, que avanza ahora sobre nuestro mundo, que ocupará nuestras cosas y lugares, que se asentará sobre el espacio y el tiempo compartido absorbiendo cálidos vestigios; esta mentira piadosa que finalmente no nos absorberá, no nos ocupará, sepa también que ya no estás, que te fuiste, que no puede rastrearte, ni dominarnos.
Para que se haga el vacío sobre el sinsentido de la ausencia, yo no iré, ahogaré en un puño el deseo de llamarte por el nombre capaz de recrearte entre el día y la noche. En silencio, seré además palma que en la brisa deje tu mirada diáfana, el país de tu espalda, la esperanza cifrada en tu sonrisa definitiva, tu cicatriz, tus lágrimas, tu voz pronunciando muy quedo mi nombre para que despierte y venga desde la oscuridad y el olvido a reencontrarte.
Foto: Javier Martínez - Valle Hermoso (Córdoba)
Pasaron 20 años para extraer de mi la entera forma de aquellos versos de Neruda: "desde el fondo de ti, y arrodillado, / un niño triste, como yo, nos mira". Farewell. Fue verla, reconocerla como un retazo de mi mismo y volver a cubrirla, a enterrarla muy dentro, como quien tapa con la mano y cierra los ojos ante un borbotón de sangre, un salto repentino en la respiración. ¿No lo dijo el poeta ya?: un sollozo, una herida. El paso del tiempo y su ingenuidad con colmillos, caducidad armada tras lo inverosímil. Toda revelación latiente acaba en misterio punzante. No en mí, sino rodeada de ti, estaba la exacta forma en nuestra despedida.

La violenta desorientación de asumir que la ternura no alcanza.
El extravío ante la mirada de los demás, y entre las cosas.
La compleja tarea de dar una forma razonable al desamor.
La fuerza necesaria para distanciarse y conservar un punto de apoyo.
Naúfrago entre trozos de un pasado al que duele asirse.
Sin la suficiente falta de fe para hundirse definitivamente.
Locura del amor que toca, y desaparece.
La palma que transmite calor, vida, se transmuta en muro, soledad sin mesura.
Rastros sin rostro.
Voces, viento, silencio.
Andanada de respuestas a una pregunta que nunca nos hicimos, indiferentes.
Línea recta del horizonte equiparable a la nada posterior a la caída de tus sueños.
Por fin, no hay realidades, sino verdades.
Y en ellas creces, te internas, te haces deseo, voluntad, carne.
Comprendes.
Te recreas, te inventas.
Comprendes.
Tras el reflejo enceguecedor del caos que mereces,
el dolor se revela.

Yo sé que la tristeza se posa a veces en una de tus ramas.
Que alguna parte del mundo ladra, y ladra justo en medio de tu mirada.
Que hay días en que la colorida cinta de tu alegría no encuentra una brisa.
Y te encarás con el dedo que señala tus sueños traspasando tus ojos de vida.
Yo sé que a veces, que en alguna parte, que hay días... Pero ojalá comprendas que no estás sola.
Que hoy, al ponerte de pie, sucedieron algunas cosas:
Dios en su inmensidad se sintió acompañado y frondoso:
el mundo tuvo una oportunidad de fe;
mi amor y yo extendímos los brazos.
Jodido... muy jodido... La apariencia es un fruto variado, profuso, extrovertido, pero sin un gajo de realidad, resulta seco, desabrido, es decir, acaba en la cáscara. Has de comer del Árbol de la Vida y... y (si no queda otra) picotear del Árbol del Saber, que -en definitiva- no es otro que el Árbol de las Apariencias, acaso en su versión más apetitosa. Pero, por sobre todo, has de prestar mucha atención y ser muy selectivo con aquellos que eriges como tus Dioses, la mirada bajo la cual decides vivir. No sea que un enano con zancos y varillas oculto bajo una inmensa túnica se pasee de continuo por tu jardín obligándote desde el imperio de su bigote a actuar de una forma u otra. Y acabe por echarte del Paraíso, demasiado tarde descubierta la trampa. Has de comer del Árbol de la Vida, pasarte con tu Dios su fruto pletórico de realidades como una Coca Cola en el desierto. Y reír con él sin engaños entre lágrimas y sudores, en el centro mismo del Edén, y acaso sin saberlo.
Foto: autor desconocido - Fuente: Internet
Sin sistema. El naranjo enano del patio después de mucho tiempo muestra brotes por todos lados, cuando nos sentíamos estafados. La rubia sonríe mientras me señala el todopoderoso milagro que viene a sumarse a los prodigios de la casa nueva, a la que le va saliendo el verde como extensión de su propia mirada.
Entre la aridez y las carencias, el cerco endeble ante la hostilidad circundante, la rubia se las arregla para arrastrarme de los libros y la computadora sin tiempo a los atardeceres de riego y barro, búsqueda de brotes y promesas en las manos.
Atardecer en el arduo milagro, agreste, sin magias, frágil y manchado en el que hemos quedado atrapados como en un renacimiento permanente. Entre el celeste y el verde, el verde. Tu verde, el que existe porque existes, porque no me faltas.
La soledad aerodinámica en conjunto, los álbumes del autoconvencimiento y la reafirmación, el ágil sopor y la fiebre del uso -rutilantes spots- no tienen la fuerza, el peso y el conjuro de los brazos abiertos a la vida. Y la vida aparece, si te apareces. Y el milagro se muestra si vamos juntos de la mano.
Sin sistema.
Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet
En la parte Norte de la ciudad, donde el asfalto de pronto se termina y grises casitas se apiñan entorno a las fábricas, este invierno de viento y polvo, sin nada de agua, decenas de barriletes se levantan a diario desde el amplio patio desolado de la pobreza.
Los sostienen changuitos de canillas sucias y delgadas, zapatillas gastadas, sonrisa inacabada, casi clandestina, todavía inmune. Los remontan desde la tierra reseca y pedregosa de los sitios baldíos; desde el silencio y las palabras amontonadas que se igualan al silencio; desde calles surgidas de miradas cansinas y sueños sin memoria; desde el rejunte inútil de olvidos, desamparos y broncas; desde el techo de las casas, como antenas en contacto directo con la fantasía y la calma, lejos de las torpezas del dolor.
Aquí la mayoría de las barriletes son negros, pero desafían el diario luto, el desgaste imparable de la ilusión, matices y caídas. Aquí, las bolsas plásticas que deberían contener la basura extienden alas para distanciarse de la basura que se acumula en cualquier parte, y se transforman en cometas. Y son los niños los ásperos magos de siestas, atardeceres y noches. Con bobinas gigantes y mixtas, porque el hilo se encuentra y se añade sin problemas hasta hacer una fraterna mixtura, pasan las horas inventándose un vuelo silencioso e intocable, como en oración. Una oración de inocencia despierta.
Hay que aprovechar el viento, soltarle hilo poco a poco, sin detenerse, hasta dejarlo "serenito" en el cielo, como explica el Gordo a los que observamos atentos sus manitas sucias y rápidas tironeando firme, esquivando el golpe en la región golpeada. Sus amigos ríen y cuentan: "el Gordo se hizo un barrilete tan grande, con una bobina inmensa, y lo remontó tan alto, que decía que iba a tapar el sol". Acaso no el sol, pero la escasez y la tristeza quedan eclipsadas por un rato en la parte descolorida de la ciudad. A tironcitos, los niños escamotean trozos de su propia infancia a la postergación. Y porque sí, porque así debe ser, despabilada y de negro, guerrera, la echan a volar.
Foto: J. M.
Me han robado tanto... que he terminado por comprender que fue esta una forma de pagar para que se quitaran de mi camino; para conservar el brillo de una ilusión, una fe, un símbolo; despojarme para hacerme valer ante los ocultos ojos de un sueño. Mi historia, como todas las historias, es un trayecto de humillaciones y orgullos, de dignidades y afrentas, más todavía no de derrota.
Me han robado tanto, para que no perdiera.
Mi gran apuesta ha sido por lo invisible, y más: por lo improbable. He dejado florecer los hechos hasta convertirse en luz y extinguirse. Mis medallas son las desgastadas cursilerías que entre las manos aprietan los locos. Me he quedado sin palabras y convertido en fisura teniendo los argumentos más irrefutables y sólidos. Mi dolor podría ahogarme en cualquier cama o calle, más le está prohibido aplastarme. Casi siempre arrojo a tiempo hacia la orilla mi mirada, y tras ella alma y cuerpo emergen sin saber cómo. Sé bien que la muerte me sigue los pasos, pero acaso ¿no le rehuimos todos? Sé algo más: del amor que susurra más alto que la muerte; la pasión y sus Lázaros innúmeros; la recóndita cifra que una vez establecido el cese hecha andar huesos y relojes, puebla el mundo.
Me han robado tanto, para dejarme todo.
Si me preguntaran, no sé qué he defendido. Detrás de la barricada, lo que fue nunca es lo mismo, permanentemente se transforma, te acaricia y te devora. Pero me toca quedar herido, ser sobreviviente, regenerarme desde fragmentos alados o hundidos, en éxtasis o sacrificio; respirar, héroe o cobarde, antes de convertirme en sombra. O tal vez no, tal vez no soy más que el fantasma que vaga en un recinto en realidad desvastado, levantado trozos de imaginación y memoria. No siento ya el coraje y el miedo como en el pasado. Protegía, intacto, antes. Ahora, vivo.
Me han robado tanto, para darme cuenta de que no podían robarme. Para saber quién soy, quién fui, quién seré en el próximo instante.
Pintura: Vincent Van Gogh - Titulo: Noche estrellada - Fuente: Internet

Sin exagerar, agregó al canasto del supermercado un Lysoform, por las dudas; cambió el jabón de tocador de glicerina, con su color naranja, con su placentero aroma a cítricos, por el beige circunspecto de un jabón antibacterial con apenas una emanación indefinida; y también sin exagerar se dio una vuelta por el sector donde debería estar el alcohol en gel, como quien no quiere la cosa, sólo para comprobar que desde ya hace más de una semana permanecía agotado a causa de todos ésos a los que corresponde la palabreja que repiten periodistas, niños, locos y borrachos de cualquier parte del escalafón: "psicosis". En nuestro días, el primer reflejo, el más incipiente temblor en la geografía de la realidad, pasa antes por el consumo. Parece que todo cambio social es cambio en el consumo y, en definitiva, no pocas veces puede reducirse tan sólo a eso. En fin...
En los días siguientes, y sólo por las dudas, no pudo evitar acordarse, sin notorias diferencias, de Dios, la suerte, el destino, y la nunca bien ponderada madre que lo parió del compañero de trabajo que entre una lluvia de gotitas esparcidas desde su boca conectada a lo más profundo de su pecho silbante anunciaba compungido que parecía que no le bajaba la fiebre. Como amuletos, pronto la empresa proveyó barbijos y un gran pote de alcohol en gel. Fue efectivo: se sintió cuidado por los jefes, medianamente pertrechado, más seguro y afortunado que los transitaban expuestos más allá del mostrador, aunque todo esto tendió a relativizarlo. No fue necesario que su compañero faltara al trabajo, la fiebre desapareció, no era nada grave. Disminuyó la concurrencia con las vacaciones alargadas y los feriados sanitarios. No obstante, ambos optaron por pasar alcohol al mouse y al teclado al compartir el uso de la única computadora. Y, de recordarlo, siguieron aplicándoselo luego de dar la mano. La explicación resultaba obvia: "no lo hago por mí, sino por los de casa, los inocentes chicos, la frágil madre, la tía soltera, el perro inmunodeprimido. Ellos, pobrecitos, que culpa tienen..."
Transcurrió poco más de un mes. La ciudad zafó entre los escasos centros urbanos en lo que no se pudieron comprobar muertes por la peste y en los que los casos positivos y sospechosos no superaron la centena. El clima seco y cálido, el "solcito" al que nunca fue más oportuno llamar "el poncho de los pobres", sin duda habrá hecho lo suyo para que no pocos análgesicos y antivirus permanecieran en las farmacias, y pilas de envases de alcohol en gel rápidamente producido y repuesto por todas partes quedaran inmóviles a pesar del menor precio, y para que de una vez por todas se dejara en paz a los cerdos y se tomaran un respiro quienes reenvían mails conteniendo las últimas revelaciones sobre la conspiración tras el estornudo.
La inquietud se aplacó. Ya no se oye tanto "cuando aprenderemos, hacia dónde vamos, qué será del ser humano". Lamentaciones a un metro de distancia. Ya nadie se disculpa por dar un beso o lo convierte en un acto de supremo arrojo. De nuevo se disipa la niebla y el ángel exterminador nos deja para después sin dar explicaciones. "Todo aviso sirve", reflexionan incansables, pero sin poder evitar verse un poco decepcionados, los extremistas que luego de una rápida Revisión Técnica Obligatoria se encontraron aptos para encarar Juicio Final y viaje al más allá, en atractivo combo al que se suma la destrucción o envidia (o la envidia seguida de destrucción en el plan premiun) de incontables enemigos y no arrepentidos al alcance. También el representante de alguna incipiente tribu urbana guarda en el armario su esplendente mameluco plateado para una mejor ocasión, y vuelve a tomar mate con su frágil madre, la tía soltera y su perro inmunodeprimido.
Todo vuelve. El arrebato del tumulto, las obligaciones, de la velocidad y la compra-venta duró un instante y apenas si alteró las facciones de esta realidad imparable. El gesto humano de la fraternidad y el miedo vuelve a mezclarse y desaparecer bajo la máscara cotidiana. Vuelve a fragmentarse y debilitarse. Salimos, una vez más, de casa. El espectáculo del mundo nos recibe con los brazos abiertos y nuevamente domina las miradas. Despegamos por un rato, es cierto, entre geles y barbijos, religión y filosofía, encuentro y desamparo, coraje y valentía, razón y delirio, muros y caricias, higiene y barro. Vida y muerte definitivos. De vuelta nos adherimos, ahora sin nada que separe, tampoco sin que una nada. Infinitos. Interminables. Somos parte del show, que debe continuar. La cinta transportadora sin principio, ni final.
Comprobó todo esto. Terminó de pasarse el peine y se acomodó el nudo de la corbata. Despidió a su mujer en la puerta hasta diez horas más tarde. Mientras comenzaba a andar la vereda hacia la que muchas otras puertas como la suya daban y arrojaban en ese mismo momento hombres como él, que iban al trabajo, mujeres que hacían lo mismo o iniciaban desde la calle el aseo rutinario de la casa, niños con cara de sueño caminando presurosos al colegio, coches que saludaban con humo y ruido a la mañana, lamentó esta vez por última vez no haber encontrado el libro donde leyó lo revelador que sería someter en la sociedad moderna a una persona a un aislamiento tal que le impidiera tomar contacto con los artefactos de comunicaciones (teléfono, televisor, computadora, radio) por unos cuantos días, ni asistir a su trabajo, eventos o reuniones sociales. Creyó recordar que el autor de aquella reflexión concluía que posiblemente esa persona terminaría sufriendo una crisis o una alteración nerviosa, porque el hombre de hoy al perder contacto con su ser interior, y depender tanto de lo externo, no sabía ya estar solo.
En su mente, reconstruyó parte de sus propios razonamientos con el objeto de hacer presente para olvidar por fin después lo indispensable de aquella soledad para poder ir hacia los otros y poder ser con los otros. Y se dijo que el resultado de esa experiencia no variaría mucho si el aislamiento no comprendiera a una sola persona, sino a una familia, un barrio, una comunidad completa. Incapaz de seguir reteniendo las ideas en su mente y mucho menos de arribar a un desenlace convincente, terminó por trazar una línea imaginaria entre todo esto y los avatares de los últimos días. Como si se tratara del borrador de la nota que nunca escribiría sobre la Gripe A.
Foto: Oscar Monzón Moreno - Título: Soledad saturada - Fuente: Internet
Cierre a las pequeñas colecciones de fotos sobre obras de Klimt y Botticelli, con sus respectivos comentarios, que pueden ser leídos en las dos notas anteriores. Aclaro esto porque no faltan los que me acusan de que ahora me dedico a pegar fotos de mujeres desnudas como deporte o por pertubación de ánimo. Reitero: lean las notas que acompañan los álbumes y después sí, denme con un caño. Vamos a ver a que viene todo esto:
Borges, gran lector a su vez de incontables obras y citador de múltiples autores, se quedaba maravillado con un verso que aparece en un poema de William Blake (Inglaterra, 1757 - 1827), que para más datos, además de ser escritor y poeta, era pintor. Blake dice: "Y para ti atraparé muchachas de suave plata o de furioso oro". En realidad, el poeta hace prometer eso a una diosa mitológica al dirigirse a su amado.
Para el escritor argentino este era uno los versos más bellos y de metáforas más extrañas y logradas que se hayan escrito en la historia de la literatura. Lo interesante aquí es que Borges lo utiliza en un cuento para designar además de esos dos aparentes tipos de mujeres, uno más, que vendría a ser la síntesis. "Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla", describe, en quizás el único cuento de amor que había escrito hasta entonces, como lo reconoce en el epílogo de "El libro de arena" (1975).
Bueno, el tema es que, es cierto, hay mujeres de oro y de plata. Y más precisamente todavía de suave plata y de furioso oro. Sin que ninguna de estas categorías (limitadas como toda esquematización) implique el poner a unas por encima de otras. Sólo que son distintas, llegan a nosotros de forma distinta, se apoderan de nosotros y dejan su huella en nosotros de forma distinta.Van por este mundo, de manera distinta.
Pero aquella, la mujer de oro y de plata, la perfecta combinación, la preciosa y rara aleación, aunque soñadores y no tanto estén por igual tentados a negarlo, existe, también anda por este mundo, no pertenece únicamente a los cuentos. Y esta certeza acaso nunca podamos sacarla de nuestra pasión y nuestra lógica, aunque Ella nunca se atraviese en nuestro camino. Estará siempre presente, aún como fantasma, como pieza que falta al rompecabezas o acertijo, como recóndito eco de una promesa de los dioses incumplida, que juraron atrapar para nosotros en redes la plata y el oro femeninos. Existe, desde algún rincón susurra, aparece y desaparece. Y desde entonces, nunca, pero nunca, estaremos tranquilos. El hombre más dichoso es el que al menos un instante despierta para darse cuenta de que tiene a la mujer de suave plata y de furioso oro increíblemente consigo.
Pintura: Alejandro Boeris - Título: "Línea" - Fuente: Indexarte.com.ar
Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, alias Sandro Botticeli, pintó, al igual que Kilmt, algunas de las mujeres más hermosas del arte. Sólo que, a mi modo, de ver, desde un extremo diferente.
Lógico que la carga de erotismo está en los dos, la delicadeza con que Boticelli debe haber repasado la nariz en un perfil, o una fina y tenue boca apenas entreabierta, debe haber estado impulsada por algo muy parecido a la fruición con la que Klimt trazó la curva marítima de una cadera o el fulgor de una mirada bajo el remolino de cabello, flores y reflejos dorados.
Pero, al menos en mí (personalizo el efecto) las damas y doncellas de Boticelli, tan juveniles y maduras simultáneamente, representan un lado del universo femenino distinto de aquel donde me llevan los cuadros de Klimt. Están lejanas de todo, sí, pero aún más, no son palpables, más que lejanas, son inalcanzables. Cautivan, sí, pero desde el ideal, desde la firmeza difusa o la suavidad extrema. Melancólicas y sensibles, pero no débiles ni indefensas. Pálidas, exquisitas, límpidas, y acaso frías, emparentadas más con la inteligencia que con el desorden apasionado y la sensualidad, pero felinas, punzantes, eternas, implacables.
La desnudez de la mujeres de Boticelli, su intimidad, está en el rostro y la mirada, se la descubre ahí, aunque sugieran su delgadez curvosa o muestren sus cuerpos sin ropas. Leí una vez que una artista describía así a las protagonistas de estos cuadros: “¿Quién no podría querer a un ser tan sensible y recatado? Se las hace atractivas con esta personalidad sosegada, dócil y amorosa. ¡Y no les grites porque están a punto de llorar!". Es cierto, pero yo no confiaría tanto en eso, aunque suelen decir que "las mujeres inteligentes se enamoran siempre de una única manera: como tontas", tal vez después de llorar un rato, se marchen para no volver a mirarte nunca más. Y condenarte de este modo a una nada inimaginable, a una pérdida absoluta. Porque sólo entonces advertirás entre los amplios vestidos y el húmedo pañuelo, el filo de la espada a su costado. Y ya será demasiado tarde. El filo te abrirá una herida incurable.
Otro dato que anoto aquí: por sobre las diferencias en el efecto que causan las mujeres de Klimt y Boticelli, creo notar algunas coincidencias en las formas, que resaltan: por ejemplo, los cabellos, abundantes y con ondas, castaños claros o rojizos; la mirada huidiza, demasiado intensa al dejar de serlo; esa distancia de todo; y las flores que las rodean y que se ubican en sus ropas y cabezas, como es evidente en las Serpientes Acuáticas de Klimt y en la Flora, del cuadro La Primavera, de Botticelli. Llamativos parecidos entre un pintor del Renacimiento italiano y uno austríaco de fines del siglo XIX.
Pintura: Sandro Botticeli - Título: "El nacimiento de Venus" y "Virgen" - Fuente: Internet
He aquí uno de mis pintores favoritos. Famoso por las hermosísimas mujeres de sus cuadros, plenas de erotismo y de misterio. De miradas directas e incitantes y de cuerpos ligeros y ondulantes. Desinhibidas y muy lejos de todo al mismo tiempo, y quizás por eso más provocativas.
Klimt fallleció en 1918, dato que sorprende a quien observa hoy sus obras. Son tan actuales.
Si bien gozó de reconocimiento en su época, debió afrontar la censura y, luego, que muchos de sus cuadros fueran rotulados dentro del "Arte Degenerado", confiscados y destruídos por los nazis. En su retirada de Viena, estos "genios" incendiaron el Castillo Immendorf donde acumulaban cientos de obras de diversos artistas. Y todo para que no se hicieran con ellas los soviéticos o por hacer lo único que dominaban: destruir. Así, se perdieron algunas pinturas fantásticas de Klimt que en la actualidad sólo se conocen por fotografías.
Acá van algunas de las mujeres más bellas del arte, compuestas de oro, flores y sedas, poderosas, imperturbables y fecundas. Eróticas y relampagueantes ninfas de las que es bueno rodearse en las noches, sobre todo, como adictivo antídoto contra la melancolía.
Una curiosidad relacionada que puede ser una buena idea o un desastre puede encontrarse en: www.behance.net/Gallery/La-Esencia-de-Klimt/50709
Pintura: Gustav Klimt - Título: "Serpientes Marinas" - Fuente: Internet
"Los que más bolsones entregaron, sacaron menos votos”
(Luis Beder Herrera, gobernador de La Rioja, presidente del PJ, sobre los candidatos de su mismo partido)
"Hubo menos dinero para bolsones y más para afiches. La plata de los bolsones salió recién los últimos días"(Opinión de un productor publicitario)
Cuando el hartazgo se endurece muchas veces aplasta en resignación o estalla en esperanza. Esto último creo que pasó en las últimas elecciones en La Rioja, donde después de muchos, muchos años, la oposición obtuvo representación en los cuerpos legislativos nacional, provincial y municipal -todo junto-, con cifras de votos considerables con relación a varios de los candidatos del oficialismo, hasta ahora ganador absoluto.
La población expresó su disconformismo: ¿Contra la dádiva de los bolsones? ¿Contra los muchos afiches y los pocos bolsones? ¿Contra el Gobierno nacional o el provincial? ¿Contra los políticos de siempre? ¿Contra la abundancia de candidatos y la escasez de propuestas? ¿Contra el adelantamiento de los comicios con fines poco claros? Hartazgo y esperanza. La anemia de aciertos al momento de interpretar y de dar con intereses y necesidades reales de la gente naufragó fácil en la profusión de contras. Es decir, sobraron razones para decir no. Y ahí destelló la presencia de esos tradicionales "convidados de piedra" que supieron colocar un "no" preciso en sus banderas: "El gobierno NO necesita más poder, sino más control", fue el slogan.
Incluso, días antes del domingo, en una desafortunada intervención a través de un spot televisivo que más que marcar rumbo sólo sirvió para reforzar la impresión de desesperación, el líder del oficialismo se ocupó de poner en relieve que "lo que hace la oposición, es votar contra" y retóricamente se preguntaba: ¿Para que queremos alguien que esté en contra? Los resultados se encargaron de demostrar que el electorado, por múltiples motivos y aún con una vaga idea, requería justamente que alguien se pusiera en contra.
Sin entrar en demasiados detalles, lo importante es que como nunca ese NO surgido del hartazgo parece no haberse decantado -como podría suponerse- en la bahía inmóvil, aletargada de la resignación, una de sus posibilidades. Sino que como un extravagante fruto de invierno aparece depositado en la concavidad humilde de la esperanza. Según algunos datos, votó más del 78 por ciento del electorado de un padrón de más de 200 mil, los sufragios en blanco fueron cerca de 10 mil, ciertas encuestas a boca de urna indicaron que la oposición recibió un gran caudal de votos en los barrios más populares y humildes de la Capital (a pesar de la entrega de bolsones antes y durante la veda electoral), y no faltaron los militantes del justicialismo que "pidieron permiso a Perón" para apoyar en esta ocasión al radicalismo(que logró en el estamento de diputado nacional unos 52 mil votos). La atribución de lo sucedido a un rechazo por tal o cual figura política o a una Reforma Constitucional cuestionada por los mismos aparentes "beneficiados" resulta insuficiente para abarcar un cambio escurridizo a los fórmulas acostumbradas, y más: roza la subestimación de los electores, algo que este comicio vino precisamente también a echar por tierra.
Singular, sorpresivo NO ubicado junto a la esperanza. Por encima de la propaganda, los discursos vacíos, la asistencia desvirtuada por quien intenta transformarla en canje, el abuso, la imposición, el oportunismo. ¿Será que cada vez es más díficil disfrazar de gesto "magnánimo" en busca de provecho personal lo que en realidad es un derecho del que recibe, una ínfima parte de lo que le pertenece? ¿Será que en el cuarto oscuro se enciende cada vez más la conciencia o de última la decisión personal, por el motivo personal que sea, arrinconando el automatismo y la indiferencia? Ese NO tiene un único dueño: el pueblo que se manifiesta. Y tiene al menos un significado palmario: el hartazgo.
Hartos de una forma de hacer política que confía más en el marketing que en la solidaridad llana, hartos de los constrastes entre lo que se dice y lo que se hace, hartos de que se intente inspirar sentimientos desde un fanatismo frío y barato, hartos de traiciones y carencias que desbordan índices y silencios, hartos del bombardeo del sin sentido que se para sobre los sueños de cualquiera sólo para ver crecido el egoísmo, hartos de que la honestidad sea reemplazada por una pantomima, de que se mienta sin pestañear siquiera, de que siempre haya un principio a mano para desodorizar la conciencia, una justificación para lo injustificable, una explicación que le saca olímpicamente la lengua al más común de los sentidos, de que aquel al que se le pide el voto de pronto ni siquiera sea digno de un trato de persona a persona, es decir, de que se considere su historia, se valore y actúe en base a su circunstancia y su presente, y se acompañe su proyecto de vida. Persona, NO cosa. Es bueno recordarlo cuando se discute si el fracaso electoral de unos y el éxito de otros dependió en mayor o menor medida los muchos o pocos bolsones de alimentos que se repartieron para influir en el voto.
Y es importante entender que sea como sea que este NO vino a depositarse en la esperanza, lejos de la resignación y de ser un premio es un desafío para quienes estén dispuestos a hacerse cargo. No es un fruto dulce y tal vez no podría ser de otra manera, he ahí el recodo, el desplazamiento fuera de los límites. Sus raíces no son dulces: recogieron demasiadas angustias, decepciones, cansancios, dolores. Una corteza dura lo recubre. Su peso es enorme, igual que las tensiones que lo recorren. Exige el mayor de los cuidados. Y sin embargo, tiene la simpleza del pan que florece en un SÍ ante los ojos humildes que lo presentan a la vida. A esa altura, nada menos, están llamados a ponerse los que deseen honrar a la política, sean del partido que sean. Al pan de la dignidad no lo tapan los bolsones.
Foto: Radio Fénix La Rioja - Fuente: Internet

El concejal capitalino Enrique Escudero impulsará dos proyectos de ordenanza municipal en el Concejo Deliberante. Y los dos están de algún modo relacionados, aunque a primera vista nada tengan que ver el Dengue y el Porno.
Cierto que no se puede descartar que la pornografía no derive en alguna afección, si no porque para muchos incentiva la promiscuidad o resulta insano para la psiquis, al menos por los riesgos que acechan a los protagonistas de las maratónicas sesiones sexuales del género triple X: desde el simple resfrío por permanecer "al aire" demasiado tiempo hasta algo mucho más serio.
Sin embargo, siempre es posible encontrar alguna relación, como se dice: todo está vinculado con todo. Y en las banderas levantadas por el representante de los vecinos en el honorable Concejo surge un elemento de cohesión: las gomas. Sí, señor. Los proyectos de Escudero apuntan uno a reforzar "la prohibición que rige sobre la exhibición de revistas pronográficas en la vía pública, y el otro a que las gomerías no tengan a la intemperie las llantas". Aquí puede leerse el comunicado de prensa.
En síntesis: gomas a la intemperie, a la vista de todos, al viento, no. Ni de las que pueden encontrarse renovadas cada semana en los kioscos, capaces hasta de marear y hacer caer del renglón la mirada de aquellos que van a comprar Le Monde Diplomatique, la National Geography o la Ñ de Clarín; ni tampoco esas que se asoman a la calle, apiladas, abandonadas a su suerte o en muchos casos remozadas para la venta. ¿Pero alcanza esto para distinguirlas lo suficiente? Quiero decir las que sirven para los vehículos, las llantas o neumáticos.
Las primeras escandalizan a algunos y fatigan a los vendedores de las revisterías que deben volver a los niños hacia los cómic; soportar la reprimenda de las señoras que en un ágil movimiento extraen con dos dedos del fango de la perdición hecho escaparate la revista de Susana o el último fascículo de manualidades en goma eva (epa!); no caer en la trampa de la culpa al ver como dos se separan para siempre: la mujer saliendo furiosa del local, el hombre soprendido, sin poder reaccionar, con el poster de la vedette en las manos; o controlar la masiva concurrencia masculina y solitaria de los que no compran y están casi una hora picoteando a zarpazo limpio.
Al ojo avizor del edil seguramente no se les escapó este circuito que envuelve a las denominadas "revistas para hombres". Y algo irrefutable hay: las publicaciones porno-porno hace tiempo que deben envolverse en discretas bolsitas oscuras; pasa que ahora abundan otras que explotan un lado más erótico, pero cuyas producciones fotográficas desde la tapa son cada vez más osadas en busca de ávidos lectores: tremendas mujeres de la farándula dejan la sugerencia junto con las ropas íntimas y van derecho a lo explícito. Sobre todo, en lo que parece culturalmente aceptado y viene de a pares.
Las segundas gomas, las de lugares especializados en parches y pinchaduras, pero sin quirófano, no escandalizan tanto, a menos tal vez que se les sume como extra cierto exhibicionismo de la parte de atrás que desarrollan con naturalidad los encargados junto con la pancita; me refiero a la rayita identificatoria por arriba de los pantalones (pero esto acaso más que enardecer, resulte deprimente, de una melancolía sorda). No, la razón de que el concejal las tenga "en la mira" es estrictamente sanitaria: por lo general, estas gomas "acumulan agua, lo cual luego traería aparejado el mosquito que transmite el dengue". Las otras, los portentos de carne y silicona, acumulan ojeadas e inspecciones, y traen aparejados a desprevenidos y babosos vocacionales. Verdaderas plagas por su número, en ambos casos.
Como sea, Escudero ha salido en cruzada contra las gomas y recibirán el ambate sus fieles y sacerdotes en uno y otro continente: mosquitos y mirones; gomeros y revisteros. Nada fácil. En el revuelo no faltan rebeldes que proponen extrañas transmigraciones dignas de los encantamientos del sabio Frestón que tenían a maltraer al mismo Don Quijote: "quien pudiera ser mosquito para crearse un habitat en gomas de la Farro, o ser su gomero y atender urgencias como esas, o cambiar de gomas a la intemperie por una hora..." y otras ensoñaciones por estilo que por aquí se comentan.
A varios kilómetros, desde la módica altura del mirador de la loma del Calvario, la ciudad se extiende sobre la paz de la tarde, la palma abierta del sol y los secretos del viento. Herencia y estreno. Aún es posible abarcarla con la mirada casi en su totalidad, por eso mismo acaso si no deslumbra por su magnitud o su belleza, apunta justo a los afectos, se hace querible sin argumentos, gana desde la ternura, convence en el abrazo.
Aquí el alma se despeja y refleja. La mirada se hace aguda, reconoce y se amplía. Aquí cesa la presión sobre el asfalto, la gravitación alrededor de la necesidad y lo ajeno. Aquí el espíritu se arremolina en sí mismo para multiplicarse hacia lo demás, para internarse en varios lugares al mismo tiempo, por mil senderos, lapachos y palos borrachos, calles, barrios, realidades, a vuelo de pájaro. Sin la urgencia por comprender, sin orientación predeterminada, sin llamado ni espera, sólo por pasear con las ventanas abiertas.
Y de a ratos, la memoria se cuelga de la leyenda, y en el vaivén, retorna convertida en promesa. Por sobre el hombro, se intuye el señorial alcance del vigía primigenio. Al encuentro salen los afanes y mixturas de quienes sostienen hoy a la ciudad como destino y elección. Es éste, lugar de encuentro. Lo fue y lo será. De unos con otros. Y de uno consigo mismo.
Alejarse, para acercarse. Apartarse, para ser parte. La ciudad se extiende, al tiempo que puedes cubrirla casi entera con el pecho; se ubica en la mirada y en el oxígeno que te renueva. Reúne en el silencio de la tarde de domingo el inconmovible gesto del edificio de una decena de pisos en contrucción con el aroma que lentamente se desprende de la precaria parrilla del vendedor de tortillas (el sol se repite entre las débiles brasas). Desciende, apacible y buena, en una curva de dulzura. Trepa expectante y liviana en el vértigo tornasolado de lo que nace y muere en trayecto de la calidez a la sombra helada. Se confunde en la argamasa y el telar transparente de los sueños. Te transmuta, sin más, en gorrión y en águila. Te hace uno y todos, en un único vuelo. Vuelo de pájaro. Corazón en tierra. Ciudad.
Pintura: "Hand catching a bird" - Autor: Joan Miró - Fuente: Internet
Tu partida, poeta -no voy a mentir-, me encontró alejado de tus libros. Físicamente alejado, como vos ahora de este mundo con el que dialogaste de alma a alma y de lado a lado. "Físicamente" para dejar claro que hay personas y cosas que pasan a completarnos, que se vuelven parte de nuestro ser, que van donde vamos y permanecen más allá de todo, incluso del amplio e inaplazable manto que extiende poco a poco, o súbitamente, sobre nosotros la muerte. La distancia entonces no existe. El tiempo de algún modo se anula. Ni siquiera podemos hablar de recuerdos, reliquias o paréntesis. Mucho menos de partidas. Se trata de algo más... una continuidad aferrada a la vida, una disolución en la sangre misma, un leve temblor al borde de lo eterno. Un hálito que circula y se transmite de forma lenta de un ser a otro y que aún dará vueltas en la soledad más absoluta, como la intensidad y cifra de este adagio que escucho mientras te escribo. Así quedas para nosotros y para los que con dicha te descubran luego, Mario Benedetti. Así viven en mí tus libros, tus palabras, poeta. La belleza y la conciencia con la que me asombraste, conmoviste, encendiste, consolaste, en todo caso me despertaste, y me hiciste tu prójimo.
Fue un encuentro a mitad de camino. Entre tu labor creadora y mi contemplación, entre tu hacer y mi conocer. Y visceversa. Por eso lo contemplado me parecía al mismo tiempo tan vivido, lo tuyo tan mío, porque nunca cerraste las ventanas, y supiste acercarte, conocerte y conocernos para escribirte y escribirnos. "Biografía para encontrarme", sostienen que se titulaba el libro que hacías cuando la enfermedad detuvo tu bolígrafo con punto final o puntos suspensivos, vaya a saber. Decías: "muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie".
"Poeta militante de lo cotidiano", "Poeta del compromiso y la alegría", "Poeta cordial, urbano y popular", "Poeta del amor y las utopías", creo que te definieron por ahí. Mi poeta. Esa fue la oportunidad que me diste, en estos tiempos que corren por carriles a veces tan distantes de la poesía. Como a muchos otros, me diste la oportunidad desde temprano de tener mi poeta.
En mi adolescencia iba de Neruda a Benedetti sin escalas ni dudas, siempre a mano. Uno me deslumbraba, el otro me acompañaba. Ambos son los autores con mayor número de títulos, incluso repetidos, en mi biblioteca. Gasté "El amor, las mujeres y la vida" en noches de éxtasis o insomnio, en traslados adonde fuera que me hiciera falta la poesía, en amaneceres filosóficos de asesoramiento sentimental y cartas por encargo para los compañeros foráneos de la facu, en crueles cantos de guitarra desafinada en la habitación a la que volvía luego de largas caminatas solitarias. Incluso, de allí tomé los primeros poemas que envíe por mail, varios años después, ya con el furor de los nuevas tecnologías. De Colombia a Mar del Plata iban los versos que decían: "Ahora que empecé el día / volviendo a tu mirada". Por otro lado, "Gracias por el fuego" es una de las novelas que tengo con más líneas subrayadas. Y en cuanto a la escritura (mis esmirriados poemas) algunos puntos y comas se me hicieron innecesarios, reafirmé que podía hablarse casi de cualquier cosa, de manera directa y apenas jugando con los rodeos, que la ternura era preferible a lo grandilocuente,que el compromiso tiene formas honestas y no puras, que la sencillez no es una moda e implica también jugarse, y que por pausas y espacios se abría la grieta para pasar a la confesión del coloquio.
Transcurrieron los años. Mario Benedetti, poeta, es cierto, últimamente ya no te leo como antes. No traje tus libros a esta casa que ahora comparto, se quedaron hace varias mudanzas.(Pensar que llevaba tus cuentos en mi mochila, en lugar de los libros de Derecho, el día que estos ojos verdes que amo me encontraron en una plaza). Pero creo que vos me entenderías. Entenderías este abandono de la biblioteca para salir a la vida, este escribir a la luz y en el aire, este someter a las palabras al desafío de cruzar la calle y mezclarse. Seguro entenderías.
Por mi parte, sigo sin tener dudas de que tu obra pervivirá entre nosotros y se extenderá siempre que sea necesario decir desde el calor y la unión, la solidaridad, el corazón. Casi como un reflejo, unos días antes de tu muerte física -el 17 de mayo- pensé en tus poemas al momento de intentar acercar por encima del TV, el MP3 y el Messenger, un poco de poesía a los intrincados sentimientos de los adolescentes de casa. Y ya sentía la falta de las páginas por las que hablabas. Después los diarios se encargaron de traerme la noticia de tu partida a los 88 años mientras cumplía la rutina de mi trabajo. Nunca te imagine enfermo ni con esa edad. Cómo hacerlo.
Poeta, mi poeta, uno de mis grandes elegidos. En medio de la tristeza y de la fuerza incolora de la oficina, que tan bien describiste un día, al enterarme de inmediato tomé uno de los atajos que también tomaste e inventaste: abrí tus versos a pesar de las imposiciones y el horario y los fui encendiendo con mi mirada, contra la soledad. De a uno echaron para atrás a la pena. De a uno dieron con la muerte y la invitaron a cantar. De a uno te diseminaron contagiosamente por la vida, de la que nunca te fuiste, ni te irás.
El fuego responde a otro fuego. Un poeta retorna siempre de la vida a la vida.
DESDE LOS AFECTOS (Mario Benedetti)
Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad malsana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...
Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?
Foto: autor desconocido - Fuente: Internet
Día de pago en el Parque Industrial de la ciudad. Lo sé porque de pronto al supermercado ubicado en esa zona, al que yo acudo sólo de paso (sólo de paso se está volviendo una modalidad cada vez más extendida entre los pobladores por estos días, ciertas costumbres se pierden inexorablemente con la crisis), le surgieron largas filas de personas en los pasillos por lo general sin demasiada concurrencia. Los rostros morenos, cuarteados por el tiempo, el sol, los vientos, el dolor y la carencia se siguen unos a otros despejados y sonrientes, como una enredadera que entre espinas y hojas rugosas desde el tallo reseco ofrece la luminosidad invencible y peregrina del florecimiento.
El florecimiento silvestre de la pobreza, a kilómetros de los manuales de economía con su equiparación a la prosperidad financiera. Si tuviera que tener un color sería el blanco. Un aroma, el de la lluvia. Una voz, el moroso silencio entre la expectación y la ceniza. Florecimiento en el sacrificio y el cansancio del trabajador.
Afuera hace frío. Adentro hace frío también. Con sus luces artificiales; con sus torres de latas y sus muros de botellas; con sus mostradores cascada de lácteos, carnes, confituras y verduras; con sus agregados de perfumes, prendas y loza; y sus aburridos empleados de parsimonia repetida en uniforme, quizás el supermercado se parezca esta noche aún más a una caja de zapatos de un número mucho más grande. Y es que la hilera sonriente de cuerpos delgados y ropas húmedas por el invierno se apretuja entre los canastos de exiguos productos consciente de no poder recorrerlo ni abarcarlo todo.
Apenas hay un carrito o dos no muy llenos y los clientes pasan rápido por las cajas, haciéndose bromas entre ellos, apelando a la tarjeta de crédito, al ticket, a la tarjeta social en la que este mes desde el gobierno se anuncian 107 pesos para las familias de cuatro miembros, 135 para las de cinco (¿Algo así como 27 pesos por mes por cada uno? ¿Casi un peso por día para salvaguardar el derecho a alimentarse del niño, el adulto, el anciano? No sé, acaso estoy equivocado, y ojalá así sea y el ministro - candidato orgulloso del anuncio con razón pueda decir que esto es una conclusión absurda, una estupidez ofensiva e indignante que demuestra un desconocimiento absoluto de la realidad. Ojalá). Mientras, los menos desdoblan el billete que ganaron en las largas jornadas en los talleres de las fábricas, donde ya desaparecieron varios compañeros. Los despidos, suspensiones y cierres empujaron a muchos a la intemperie de salir a buscar changas, conformarse con el subsidio o permanecer en casa. Estos que hoy hacen fila en el supermercado tienen suerte. Son hombres y mujeres abrigados por la dignidad de un salario.
Así florece la pobreza. Para dentro, en el frío y la sonrisa. En la humedad interna que enfrenta a la sequía externa, que hace flexible al carente frente a la dureza aplastante. No en el sentido del cálculo o el prónostico, cualquiera sea. Sino en la negación del vacío, de la desesperanza, del desamparo. Una y otra vez. Límpida, silenciosa, imposible de cortar, urgente. Así florece la pobreza, así transita. Más que como flor, como destello de una raíz añeja que busca su destino en la profundidad.
Pinturas: Raíces - Autor desconocido - Fuente: Internet
El animal lleva varios días abandonado. Los vecinos lo echan de sus portales, pero siempre regresa, cada vez más indiferente, como dispuesto a todo. Ya no le importa que le arrojen agua, que le griten, que lo azoten, o le tiren piedras. Se levanta para dirigirse a otra puerta y así va cumpliendo un círculo alrededor de la plaza. Flaquea. Desde mi pequeño departamento, escucho; los vecinos se quejan desde temprano: el animal tiene sarna, garrapatas, el animal apesta. Es un peligro para los niños que juegan en las hamacas. Ya tienen sindicado un responsable, a falta de aquel que lo echó primero. Los perros del vecindario ladran. El animal se acerca. Los vecinos no exageran; en mi entrada yo también he encontrado al animal sarnoso, con garrapatas, al animal hediondo. Lo corrí como todos. Tiré insecticida. Ahora está de vuelta. Empiezo a sentirme con bronca y extrañamente culpable. La murmuración indignada de la cuadra. La insistencia desesperada y mañosa del animal. Los niños incapaces de apartarlo y negarle la esperanza. Desayunarse con esto, después de una mala noche, el estómago vacío. Como si uno no tuviera bastante con tratar de acomodarse, acabar de una vez la prolongada mudanza, sacar algo productivo, imprimir un gesto. Mejor encender la radio, poner agua a calentarse, empezar a tantearse la perplejidad y el tedio; la soledad. Acallar lo demás con el propio funcionamiento. Empezar a funcionar. Desde mi departamento alquilado, pequeño, escucho; ya ladran de nuevo los perros. El animal se acerca. El animal afuera, enfermo e inmundo, seguramente se arrincona otra vez en mi puerta. La furia del vecino y sus guardianes se renueva. Maldita la hora en que llamé al animal y le di mis galletas.
*Cuentito premiado hace ya varios años en el concurso "Ricardo Mercado Luna", organizado por la entonces Agencia de Cultura. Una especie de fábula.
Pintura: Antonio Berjillos - Ojo
Y cuando fue que tu tremenda lucidez, tus infinitas opciones, tus placeres repartidos te convirtieron en el hámster que hace girar y girar la rueda sin parar, atemorizado de verse en silencio y sin barrotes? Miedo, miedo, MIEDO... que es lo que menos quieres aceptar. Les pasa precisamente a los más duros, a los que enfrentaron tormentas sin refugio, a los que aprendieron a no esperar. Un día te dijiste que abrirías los ojos para no soñar, de pronto, te asombraste de tu capacidad de obtener de todo su radiografía, y rompiste del mundo su papel de celofan. Te declaraste libre y con visión clara, lejos del engaño. Negro sobre blanco. Filos por todos lados. Cúspide. Rayo. Rasante vuelo por sobre los demás. Los interminables juegos de la razón y la estética... ¿Cuánto? ¿Cuánto más soportarás? Antes de venir nuevamente por tus sueños, antes de arrojar tus muebles y banderas fuera de la casa, antes de volver a recibir la tormenta los brazos abiertos y a la cara, antes de deshacerte del engaño invisible en el que te has envuelto -vos que te creías inmerso en la vida- para ya libre de tus propias interposiciones, recuperarte. Y a la esperanza. Recuperarte. Y al escalofrío. Recuperarte. Y a lo incierto. Recuperarte. Y al miedo. Sí, al miedo. Pero ahora seguro de que te pertenece tanto como la caricia que te lanza de nuevo sobre la cuerda floja de la vida y su red, su inmesa red, de papel de celofan. No hay más límite que el de tu propio aprendizaje. No hay más garantía que lo que hayas venido a buscar. No hay más refugio que el del amor. Ahora sí. Ahora puedes llorar.
- Papá, no voy a ir a ese cumpleaños. No tengo regalo - lágrimas que se suman a la casa más triste, a la casa sin mamá y con papá desesperado.
- ¡Cómo no vas ir! Es tu mejor amigo, es el primer cumpleaños al que te invitan... Me dijeron que te están esperando. No importa el regalo.
- Sí importa, todos van a llevar algo.
Las manos de papá buscan en sus bolsillos. No encuentran nada. Papeles que aparentan ser billetes y se guardan rápido. Decide:
- Vamos, vamos al almacén, dale que no llegas.
En el almacén sólo tienen una inmensa pelota inflable de todos colores. No hay más que elegir. Esa.
Breve charla entre papá y el almacenero. Promesas, explicaciones. Por fin, hay acuerdo. La mano del hombre más bueno del mundo se relaja apretando la mía.
Pero hay un problema. No hay papel de regalo. Hay galletas de todo tipo y tamaño en cajas de metal, todas las variedades de detergentes, caramelos de todos los colores y fiambres de tres o cuatro marcas. Hasta hay forros para cuadernos tipo araña y papeles afiches blanco y celeste, de esos que llevamos a la escuela siempre. Pero no hay papel de regalo.
- No importa el papel - intenta el almacenero con una mueca. Pero papá ya ha decidido:
- Sí importa.
Y busca, busca con la mirada, hasta que lo encuentra.
- Ese papel de ahí...
- ¿El de celofan? Es amarillo...
Yo también pienso que es amarillo y se va a ver todo y que no tendría demasiado sentido llegar con un regalo, que debería ser sorpresa, y que no debería ser un pelota comprada en el barrio, envuelta en un papel casi transparente. Inocultable, tan grande como es. Imposible llamarlo a un rincón a Juancito, darle la pelota, o dejarla simplemente a un lado, sin que nadie lo advierta.
Pero ya es tarde. Y no tengo fuerzas para oponerme. He llorado todo lo que tenía que llorar. Es un desastre y deberé dejarme caer lentamente por el desastre. Mi padre, con empeño, en un segundo para no acabar con la paciencia del almacenero, ha envuelto la pelota lo mejor que pudo. Y queda comprobado que el hinchazón de colores se ve por completo. Y parece una broma revestido de brillante amarillo.
Papá sonríe mientras me presenta el regalo. Debe haber dicho esa muletilla que tanto uso yo cuando resuelvo algo: - Ahí ta. Y nos vamos, cruzamos la avenida de la mano, yo con mi desastre a cuestas. Al pasar por casa, mi hermana mayor lo aumenta: busca un enorme moño de cinta blanca y lo pone, ante la alegría de papá y mi silencio de condenado sin remedio. - Mejor no voy... - pienso, pero ya no hay vuelta atrás. De ahí a tocar la puerta del vecino, con el sudor pegado a mis espaldas, a mi frente, a las manos que sostienen ese globo terráqueo del rídiculo, mi consagración de payaso. La timidez me aplasta y estoy solo, es la primera vez que asisto a un cumpleaños solo.
De pronto la puerta se abre y ahí nomás está la mesa larga con todos los chicos del barrio. Doña Matilde me anuncia como un gran número, no puedo hacer nada para detenerla:
- Miren quien está aquí...
Mudo, entro. Intento sonreír, no sé si me sale. Antes de que pueda explicar el porqué tengo una pelota gigante de todos colores envuelta en papel celofan amarillo que me cubre los hombros y la cabeza, Doña Matilde me saca ese peso de encima y la hace llegar a su hijo, del otro lado de la mesa, haciéndola pasar de mano en mano por los chicos que ríen divertidos, pero sin descuidar su chocolate.
- Qué bonito regalo que te han traído Juan... ¿Cómo se dice? Gracias, así es. Sentate, hijo. Te voy a servir chocolate antes de que se enfríe, te tardaste, ya te íbamos a ir a buscar...
Yo tengo una explicación, en mi cabeza hay una disculpa suficiente, acaso como la que papá dio al almacenero, pero nadie quiere oirla. No importa. Eso sí que no importa. No hay tiempo, pronto estoy riendo, tomo un sandwinch, una masita, el chocolate está riquísimo y están las hermanitas Barrera sentadas justo enfrente mío. Jugaré toda la tarde, haré rebotar una y otra vez entre risas la pelota.
Más tarde, llegaré junto al hombre inolvidable, que suele sentarse al anochecer en la verjita de la puerta a fumar su cigarrillo, y tocaré su mano larga, áspera y nudosa, y me reclinaré en su regazo, en sus pantolones desgastados, con quemaduras de pucho y olor a imprenta.
Más tarde tendré la mano cálida del imbatible mago del papel de celofan sobre mi hombro, seré parte de la sabiduría de quien sabe reconocer lo realmente importante, habré compartido la alegre gesta del que convierte el llanto en una suave pelota de colores.
Veré sonreír al hombre más triste del mundo.
Foto: Roixa RRG - Fuente: ArteLista.com
Domingo por la noche en la ciudad pacífica. La gente, saliendo lentamente de misa sin encontrar la brisa que le amortigüe el agobio, comienza a desparramarse en distintas direcciones. El calor aplasta, el calor estampa una sensación salobre y rígida que se agudiza entre el asfalto y las paredes. Cuesta respirar. El encajonamiento se adhiere a la piel igual que las ropas; inútilmente el cuerpo lo rechaza, inútilmente espera una fuerza extraña que lo libere de la rigidez pegajosa. Se mira al cielo como a un falso cielo, como a una mezquina tapa, con nubes también mentirosas. Alguien o algo nos roba el agua y los vientos, y convierte esto en un caldero de día y de noche. La atenuada oscuridad se muestra inerme frente al ímpetu enemigo, la luna -obsoleta heroína- se esconde humillada bajo una nube de gasa. Nada nos trae alivio y todo no cesa transmitir la quemazón y el sopor resultado del dilatado asedio del sol, que ahora sólo descansa.
A las pocas cuadras la rebeldía contra el clima se evapora, o se pierde en algún húmedo bolsillo. En la ciudad pacífica no hay lugar para ésta, ni para ninguna otra muestra de rebeldía, fuera de las programadas. (- Pero si yo me quejaba por el calor que hace... - No importa, dónde dice eso, en qué pasacalle, en qué discurso, en qué formulario de recolección de firmas...) En la ciudad pacífica no hay lugar para ésta, ni para ninguna otra muestra de rebeldía, fuera de las programadas. Lo dijo el atildado locutor de un noticiero de la noche. Ése que no suda ni siquiera cuando miente.
Los bares y los locales de comida comienzan a llenarse. Otros conquistan un banco de plaza y de ahí no piensan moverse hasta que no refresque. Pocos caminan mirando las mismas vidrieras de siempre; pronto se agotan y desisten ante la fiebre que despiden cristales y baldosas. La mayoría son jóvenes y sonríen, alejados de toda noción sobre Quiroga, Varela o el Chacho Peñaloza; aunque algunos ya se estrenaron en el beso al caudillo. Alguien está pensando en ellos en este preciso momento, mientras se relame el bigote en bermudas de domingo. (- Es necesario que comprendan rápido que esta es tierra de tradiciones... Después de todo hasta el más indócil tarde o temprano...) Los jóvenes sonríen aparentemente distantes, distantes y distintos; luego -o a más tardar el lunes- serán el orgullo de esta concordia de caracteres apacibles y conformes, en lucha contra el puerto. (- No lo dije yo, lo dijo el último pasacalle).
Territorio pacífico. Aldeita de aceptación. Apacible, fraternal, aplacada. Donde nadie molesta a nadie. Salvo el más pobre al pobre, y el calor. Donde las rebeldías se evaporan o se guardan en un húmedo bolsillo, lejos de la mirada condenatoria del vecino o del irresistible carisma del "decididor". Y el calor, el calor lleva a todos a las confiterías o directo a la cama y permanece en las sábanas dificultando la escapatoria del sueño. La sana y popular escapatoria este día incandescente no se hace nada fácil, aun cuando "el ambiente" esté "tranquilo" y los cánidos se preparen para otra semana ocupada y provechosa. Queda por repartir la somnolencia general, preferible a la vigilia. Que nadie, oyeron bien, nadie moleste a nadie. Un viejo se para en medio de la calle y grita, seguramente trastornado por la quemazón y el vino: (- Esta noche sólo dormirán los muy extenuados, los rotos de dolor, los trabajados por una angustia infinita...) Un poco más allá, en una misma cuadra tres niños duermen arrebatados por el abandono y el cansancio (- Acaso un golpe de calor -comenta una señora) en la soledad indubitable de los portales de los locales comerciales en la noche de domingo. No hay sueño más confuso y pavoroso que este. Nada más perturbador, demencial. Y, sin embargo, en la ciudad pacífica, tres niños duermen arrebatados por el abandono y el cansancio (- Acaso un golpe...) en la soledad indubitable de los portales de los locales comerciales en la noche de domingo. Nadie, absolutamente nadie, los molesta, ni molesta a nadie.
Texto y foto: Javier Martínez
La fotografía que ilustra este artículo fue tomada en la entrada del Obispado de La Rioja. El texto, en cambio, surgió hace unos años y constituía el inicio de un libro con la temática y el estilo que ahí puede notarse. Sin embargo, la realidad que le dio origen y que de algún modo intenta describir, acaso lo más valioso de todo, continua vigente, se mantiene, aunque la ciudad haya experimentado notables transformaciones en aspectos como el edilicio y el demográfico. Por eso quisimos incluirlo aquí, por lo que queda aún en las palabras más allá de la rápida erosión del tiempo; por esa realidad amasada con dolor e indiferencia, más dura que la piedra.
Tras varios intentos a lo largo de muchos años, ya en papel, ya vía Internet, que acabaron en su mayoría en el número 1, les presentamos esta nueva alternativa: DEOTROPOZO.BLOGSPOT.COM; esperemos que algo más que una "estrella errante", como calificó Juan Carlos Onetti a las "efímeras publicaciones" que se agotaban en el primer paso, sus palabras precisas fueron: "siguen apareciendo y apagándose como estrellas errantes, casi sin dar tiempo para que sus padres y parientes puedan expresar uno o tres deseos".
El ejercicio fundacional de este tipo de empredimientos nos sirvió para ir perdiendo el lastre de cierta vanidad que siempre arrastran quienes escriben y, al mismo tiempo, si no resolver, al menos madurar ciertas dudas y despejar un trayecto que nos lleve a identificarnos con la expresión de aquello que ofrecemos como lectura a los demás, o las palabras que sencillamente sentimos necesidad de echar a andar sin destinatarios fijos.
Ninguno pondría la firma para reconocer que la juventud poco a poco nos va abandonando, aunque nos brotaron algunas canas y nos duelen más fácil los huesos, y aunque -como dice el poeta- "ahora que de todo ya casi veinte años", pero lógicamente no somos los mismos de tantos números 1 atrás. No obstante, nos sigue acompañando la fe, el entusiasmo y ese infaltable toque de "pasajera excitación" que hace posible todo surgimiento, que libera y lanza hacia la experiencia, y que tan mal cae tras los cerrojos del solemne claustro de los que se las saben todas, o en el escondrijo de los que no detentan otra autoridad hacia los demás, y valor para sí mismos, que los de no atraverse a errar.
De modo que aquí va DEOTROPOZO, que no es otro que el de la mirada personal, a la luz de los propios impulsos, obsesiones, búsquedas y vivencias. Después de tantos años seguimos sintiendo a la palabra como algo que nos pertenece y al mismo tiempo que se nos resiste, se nos escapa, y con ello nos promete secretamente algo más, una revelación, una complitud acaso inalcanzables, pero que sólo ella puede darnos. De allí que nuestro destino venga siempre a parar, con más o menos suerte, en su trato.
Esta publicación, además de la facilitar la expresión de la mirada personal a través de entradas que contienen prosa y poemas, acompañados de ilustraciones de otros autores, pretende ser un medio de difusión de información y opiniones sobre diversos temas y una forma de compartir gustos y descubrimientos relacionados con el arte en sus diversas manifestaciones. También está abierta al debate y busca generar la participación continua de quienes se acercan. Su cariz es preponderantemente "cultural" por llamarlo de algún modo, sin embargo, ello no comporta una limitación, como también el ir de lo particular a lo general según como se den las cosas. Porque es así, ahora ya podemos sumarnos a quienes aseguran que uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede.
Damos por presentado entonces este nuevo blog: DEOTROPOZO, después de haber quemado tiempo y manifiestos. A una sola aspiración nos atrevemos: que esta vez el paso de la estrella errante nos alcance para dejar sentados uno o tres deseos, que de su realización o no sólo cada uno sabe.
"El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito - ¡y el supremo Sabio!-. ¡Porque alcanza lo desconocido! ¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro! Alcanza lo desconocido y, aunque enloquecido, acabara perdiendo la inteligencia de sus visiones, ¡no dejaría de haberlas visto! Que reviente saltando hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores; empezarán en los horizontes en que el otro se haya desplomado." Arthur Rimbaud - Carta a P. Demeny, 1871 (fragmento).
Módico desarreglo de todos los sentidos por estos días: pizza y Coca Cola en la cama, escritura a altas horas de la noche y tambaleos en el horario del trabajo, poesía y ronquidos en el colectivo, dos analgésicos -uno por la mañana, otro por la tarde-, desparramo de libros y lecturas salteadas e imparables, caminatas y compras compulsivas, insomnio y silencios prolongados, excesos de escritura arrinconados, pérdida del apetito y la voz durante el día, sed de un encuentro que nunca se produce, o se produce mal, o gotea sombra y silencio por todos lados. ¡Rimbaud, te hubieras cagado de risa!
De pronto el mundo se hace amplio, distractivo y ajeno, de pronto se acorta, se concentra y se vuelve íntimo. La soledad es un centro y a su alrededor giran el deseo y la fatiga. La búsqueda y el vacío. El cuerpo que no se pierde. La llama que no se apaga. Y el extravío del sentido que deriva en un sin sentido de todos los sentidos, propensos a desarreglarse.
Pero hasta el vicio mira con recelo y la locura se hace la distraída. La tentación pasa de largo, en el fondo nos reconoce, pero nos desprecia, o decide vestirse de blanco y no perturbarnos. Aunque le abramos los brazos y le pidamos con la mirada que nos lleve puestos. Simplemente, hará un paso al costado y pasando los brazos alrededor de nuestra cintura sin tocarnos, nos eludirá sin más explicaciones.
Sin embargo, quién mide las profundidades de un hombre. Quién mete realmente el dedo en la llaga. Quién adivina sus trazos. Quién arde en su fuego. Si hasta el gesto más pequeño se vuelve insondable en el puño del dolor, en la onda esplendente de la alegría, en el grito a la cara del odio o en la roja cabellera del amor. Si al final de todo hay un interrogante y todo siempre es un principio. Si en el sólo hecho de llevarse las manos a los bolsillos o elegir traspasar ESA puerta ESTA noche hay tanto, puede haber tanto, como en un viaje abordo de un cohete o del desvarío, como en una batalla terrible o un cinturón lleno de oro. Sueño sin retorno. Al final, sólo estará Rimbaud postrado en su cama para susurrar: "¡Ya no sé hablar!".
No me fueron dados ni el cigarro, ni el johnny walker, ni los burdeles, ni los contactos, ni las pastillas, ni la inercia de la costumbre, la vaporización masiva, o la contundencia aislada del delirio. Ni una meticulosa y terrenal manía, ni la ascensión espiritual. Me fueron dadas las palabras. Quebradizos puentes hacia el otro.
No tengo en mis bolsillos los grandes actos, el heroísmo, ni un paracaídas, ni un contrataque sorpresivo. Tampoco la suficiente resignación, ni la dosis justa de olvido. En cambio, me fue dada la mirada afilada en dirección al encuentro. El ardor incipiente. La amplitud en un giro completo del ideal inserto en el necesario entendimiento y compromiso.
Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet
La verdad es que si Dios anda disfrazado de mendigo revolviendo con hambre los tachos de basura, o se esconde tras los ojos desesperados de una madre con el niño enfermo en los brazos, o cabe en la manita sucia que se estira sobre las mesas de un restaurante, o se sienta con el desocupado en el parque a pensar cómo volver a casa, o hace guiños desde la juvenil circunspección de un espíritu ya antiguo y quebrado... La verdad es que pasa desapercibido y la mayoría se cansó del juego. La señora se acercó, puso dos monedas y se quedó esperando, no que se abrieran los cielos, pero al menos algo especial, una señal. Recibió las gracias musitadas como un siga participando. Y ayer ni siquiera eso. Y anteayer sólo la muestra de un inconformismo indignante. Almita ingenua a pesar de los años. O demasiado asustada. El tele-bingo ofrece por un peso doble chance. Al final, Dios con sus juegos, cansa.
De ese cansancio, más o menos disimulado, surge la lucidez pasmosa y blanca, y se revela nuestra aptitud para la sociología. Entendemos lo que el profesor quería decir cuando hablaba de un conocimiento objetivo, lejos de emociones y deformadoras utopías. (- Su planteo, señor alumno, francamente no me interesa. Aquí tiene el listado con lo que necesita la persona actual para escapar del muladar del desuso. Las cosas no son así porque yo quiera...) Haberlo comprendido antes y no abandonar tan rápido clases tan provechosas. Lo comprobamos ahora. Ahora que podemos ver al mendigo, a la madre y su hijo, la manita, al desempleado y al "nuevo", realmente como son. Sin Dios que se esconda en ellos. Sin Dios ante el cual tener que disimular o cuidarse. Sin Dios escalofrío, sin Dios lastimoso, al volverles la espalda. Con Dios, pero fuera de juego.
Señores, hay que escapar, a cómo dé lugar, del muladar del desuso; y ellos no lo hicieron. ( - Y el niño... – Y dónde están sus padres. – Ay, qué mundo.) Menos mal que, en proporción limitada, y porque no podemos dejar de ser sensibles, cada tantos peatones, comensales, trepadores y parejas enamoradas, unos cuantos quebrantan, más o menos decididos, en nombre de la lástima y la humanidad, la asepsia del objetivismo. El gesto se aplaude desde diversas alturas, orgullo y calma de la sociedad. El paso siguiente, para la dama o el caballero ilustrado, es buscar en las librerías algunas máximas maquiavelistas adaptadas al mundo contemporáneo, o, mejor, al holgado universo de la oficina. Y no olvidar ponerlas junto a la Biblia.
Desde la cumbre misma de los escalones, un Dios lujoso e imponente, serio y sin juegos, alejado de deformadoras emociones y utopías, mira esto y aquello, mira al mendigo, a la madre y su hijo, la manita, al desempleado y al nuevo, los mira realmente como son, seres que no cumplieron el listado de condiciones. Lo dicen a coro millares de voces, sin intencionalidad particular, en la misma escalera con ese Dios, que no puede ser otra que la firme escalera de la pura verdad. Alguien pregunta por el niño, el que enfermo succiona los pechos secos, y el de las manitas sucias que ahora sacan a empujones del restaurante; y le responden "y dónde están los padres". Alguien entonces pregunta no sólo por los padres, sino también por el mendigo, por la madre, por el desocupado, por el nuevo, por... Y todo se cierra con un "ay, qué mundo", compungido y general. Una voz sobre todas las otras dice: " Las cosas no son así porque yo quiera..." Alguien comenta que esto quiere decir que el Dios del pináculo está satisfecho.
La verdad es que si Dios anda disfrazado, no puede culparnos. Al final, Dios con sus juegos, cansa. O será que al final nosotros nos cansamos de los juegos que le inventamos a Dios. Y entonces nos hacemos con una singular lucidez y sabiduría. Que acaso puede no ser la misma que la hasta aquí defectuosamente descripta. Resulta que a un costado, sin escaleras a la vista, Juan, Mariela, su hijo Pablo y Oscarcito, también Jorge y Federico, y otros más, se juntaron y en silencio, mientras todo iba pasando, como entre los seres humanos suelen pasar las cosas (- un gesto, una mirada, una mano que se apoya en el hombro, unas palabras...), invocaron al Dios que llora y sonríe enteramente en cada uno de ellos, y con ellos. Ni por encima, ni más allá. Despojados se revelaron, y Dios con ellos. Sin pruebas, sin juegos. Y acaso ni lo advirtieron, pero eso qué importa. Mientras en el vasto y macizo estrado del rango se intercambiaban documentos urgentes, con las palabras "seres humanos", y a veces hasta "Dios", en afligido tono paternalista; esto sucedía en el templo invisible de la solidaridad.
Foto: J. Heredia
Tiempo atrás un grupo de mujeres se encerró en los baños de la Casa de Gobierno riojana para reclamar una vivienda digna. Lo hicieron junto a sus pequeños hijos, que ajenos a la dramática situación se las arreglaron para continuar con sus juegos o dormir sobre el piso. No fue la primera ni la última vez que sucedió, dado el tremendo déficit habitacional por el que atraviesa la provincia.
"Dile a la sabiduría: "se mi hermana", y a la inteligencia: "se mi amiga". Entonces sabrás protegerte de la mujer de otro, de LA HERMOSA DESCONOCIDA DE SUAVES PALABRAS". (Proverbios 7,4)
Como muchas cosas de la religión, parece un contrasentido. Con esa descripción y salvo por la débil acotación de que se trata de "la mujer de otro"... ¿Cómo resistirse? ¿Qué necesidad de presentarla así? ¿Y a que andar con la sabiduría como hermana y a la inteligencia como amiga pudiendo perderse con la hermosa desconocida en la cama? Madre, hermanas y amigas son lo primero que uno aparta cuando se encuentra a la que nos arrebata. Y en cuanto a la presunta pertenencia a otro, hay un 50 y 50 entre los que consideran esto un obstáculo y los que no. Y un porcentaje mucho mayor de mujeres que no se consideran propiedad de nadie.
En fin, hay que reconocerlo, la frase tiene su base de realidad, es decir, no es totalmente una descabellada mentira. Por estas cosas la vida se complica. Pero dudo de su efectividad. "Sabiduría", "inteligencia" y hasta "de otro" se caen de los ojos cuando éstos se fijan en la curvosa frase que se relaciona con lo prohibido, la tentación: se trata, nada más y nada menos, de "la hermosa desconocida de suaves palabras" (nótese la cantidad de sinuosas, serpenteantes eses en la oración). Como si el hecho de ser fea y grosera o muda consistiera en una especie de garantía de virtud. Ahí sí no importaría que sean de otro o no, al parecer fealdad y aspereza protegen de por sí a sus poseedoras y preservan a unos hombres de los celos y a otros del pecado y el quilombo de desearlas.
Ahora, ¿Será que esta sugerencia nace más que nada de la necesidad de resguardar "la propiedad" de los que disfrutan de una mujer hermosa y capaz de suaves palabras? Como un "ojo, muchachos, sean sabios e inteligentes... no me la miren". Mmm... El camino de los celos declarados no es bueno ni promete óptimos resultados, sino más bien lo contrario. Quien anda celando a su mujer porque es muy hermosa, no hace más que poner en sobreaviso a los ladrones.
Y acá va una advertencia del tristísimo Pavese para celosos: "hay que andarse con cuidado al comunicar los descubrimientos psicológicos de poderosas perversidades a quien ignoraba ser así; porque la primera víctima será el descubridor verídico. La vieja historia del toro de Perilo. Quien revela a una mujer el ser potencial de ella, será el primer cornudo. Es matemático".
Perilo, un escultor de la vieja Atenas, inventó una forma atroz de tortura para congraciarse con un rey sanguinario: un toro de bronce donde se metía a los condenados a muerte y se los quemaba vivos. Pero no sólo eso, los gritos y gemidos del que se asaba adentro debían producir un efecto especial: imitar los mugidos del animal verdadero. No se sabe si al rey le agradó o no la idea, acaso porque dudó, o porque era más retorcido de lo podían imaginarse, o porque hasta para él lo del escultor era demasiado, se le ocurrió realizar una prueba y, sí, la primera víctima quemada en el interior del toro de bronce fue su mismo constructor, Perilo.
Consuelo final, y como siempre poco eficaz, para celosos: "no se puede perder lo que nunca se ha tenido". Ayuda. A veces.
Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet
Siempre dije la palabra justa, en el momento oportuno, a la mujer equivocada". Certeras declaraciones de un cantante de tangos. Pero hay sin dudas una situación más trágica, la de aquel que puede afirmar: Siempre dije la palabra equivocada, en el momento inoportuno, a la mujer correcta. Auch! A esta me adhiero, como buen perdedor consetudinario.Y sólo por jugar con las posibilidades... ¿Cómo será la situación de aquel que admite: Siempre dije la palabra correcta, en el momento justo, a la mujer inoportuna? Pobre tipo, qué mala leche! Eso pasa por hablar y expresar deseos en voz alta, viene un angelito malo y te toma la palabra, enseñaba mi abuela ante mis ojos asombrados y mis ganas de ser un poco más gordito o de tener mucha barba como mi abuelo para que se fijara en mí una pálida mujer de cabellos castaños y ojos verdes como las clásicas de Hollywood. Lo recuerdo ahora, palpando muy adentro el ostracismo de mis abdominales o pasándome la máquina con retraso, un rato antes del horario de trabajo un día en el que viene el jefe. Angelito malo, ¿y la mujer de mirada verde enamorada? "Siempre dicen la palabra justa, en el momento oportuno, al angelito equivocado", responde el desgraciado. No hay caso, de decir, pueden decirse muchas cosas, pero cada uno escucha lo que le conviene. Ahí comienza el malentendido.
Pintura: "Hombre y mujer" de Fernando Botero
Ah, las mudanzas. No me acostumbro, a pesar de batir récords en ellas. Desde niño todos los cambios de residencia fueron tristes. Dicen que hay mudanzas alegres, esperanzadas, plenas de expectativas y ligereza. No sé, no las conozco, aún cuando en ocasiones motivos de fondo no faltaron. Y ya de grande casi todas las hice solo, con el fletero mirando mi quilombo mal embalado, mi vieja compu cada vez más amarilla, los libros por todos lados. Y esa caja? Por la inscripción un televisor 29' pulgadas... No, son libros. Y éstas otras tan pesadas... dos estufas eléctricas, un microondas, un aire acondicionado... No, son libros también. Y estas cajones de... Libros, libros, libros. Algo anda mal, piensa el fletero, acaso arrepintiéndose de haber fijado un precio excesivo a su servicio. Y de que lo hayan aceptado sin discutirlo. Más mi silencio o mis murmullos (la soledad y la angustia terminan por apagarme casi por completo la voz), mi cara seguro demasiada seria, la falta absoluta de amigos o familiares colaboradores, las cosas de otro apiladas a un lado o ausentes o perfectamente acomodadas en otros sectores de la casa, mi sudor atravesado por la incertidumbre, la timidez, la torpeza, como pesa una excesiva obligación a un niño demasiado solo... todo eso junto vuelve acaso más buenos a los hombres de las Chevrolets destartaladas, acaso convencidos por la experiencia de haber venido a parar a la puerta de algún pequeño drama o a la angostura de su salida. Entonces, mejor dispuestos, se acercan a las cosas y las levantan, se ponen del otro lado del peso más grande e inventan un broma. Comparten con mirada sincera el sudor del joven señor de los libros. Le sacan a uno la voz y la mudanza adelante.
Ah, mis mudanzas. Todas improvisadas. Sin cajas ni bolsas suficientes. A la vista de los vecinos y de raje. Y después, esa maldita costumbre de recorrer por última vez la casa. Mirar cada espacio desierto y habitarlo de recuerdos y significados. Detenerse bajo el marco de una puerta y encontrar polvo, vacío y silencio donde antes existía el encuentro, la espera de seres y cosas. Eso a la larga pasa. Peores son las otras. Esas partidas donde es otro el que mira desde la puerta como das la espalda y te subís a la camioneta y es como si te quedaras, como si el viaje fuera solo una apariencia porque, mientras, vos volvés a entrar en la casa y observas al otro mirar la ausencia intentando acomodar su existencia como se corrige en la pared la torcedura de un cuadro. Sólo que no es tan fácil y más temprano que tarde te quedás sin gestos, sentado en la silla o la cama, abrazado de lo sombrío. Será que únicamente quien se ha ido solo comprende a aquel que se ha quedado solo, porque en definitiva es lo mismo. Hay cosas que aunque no expresen con exactitud mis razones y ese salto olímpico, gallardo y saludable sobre la culpa, hay cosas que deben ser dichas con valentía a una parte del múltiple mundo que tocamos y que nos toca... Hay cosas que nunca voy a perdonarme.
Las mudanzas. Con tantas idas y vueltas y no me salen callos. Me siguen pareciendo más tristes que la mierda. Esfuerzo físico circunspecto, distanciador y distante. Sudor contaminado de pena y desarraigo. Adiós en bolsos y paquetes. Vida arrojada a los rincones en forma de pelusa y desperdicio. Aquí estuve, aquí estuvimos, acá estabas y el abrazo era el sentido, lo necesario. Lo habitaste, lo usaste, tejiste una infinita red hecha de miradas, roces y palabras. Lo dejaste. Lo vaciaste. Lo apagaste. Y comprobaste que es imposible la distancia. Que siempre queda una isla de vida entre recuerdos, un vértice palpitante en el que gira la memoria y se produce el vértigo en pleno vuelo.
No sé si exagero. Pero con cada mudanza vuelven cada vez más a desperdirse. Todos los que se despideron. Mi padre, mis tíos, mi perro, mis amores... Y vuelvo a ser el niño al que una mañana le pusieron la manija de un ataúd lustroso en la mano y con un gesto hacia lo gris y desierto le dijeron: Adelante.
Foto: autor desconocido - Fuente: Internet
Es duro aceptarlo. Pero la hija mayor de mi novia tiene por lo general mejor olfato que yo para las pelis, cuando decide no seguir su gusto adolescente por las festines de asesinos en serie, sangre, apariciones fantasmales, y más sangre. El otro día, volvió a sacarme ventaja y a poner en mis manos -y luego ante mis ojos- una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos. Al final, no tuve más que aceptar dignamente mi nueva derrota en el plano fílmico (que viene a sumarse a las relacionadas con la música, los video juegos, esta cosa de los blogs, flogs y booker,programas de TV, etc, etc.) y reconocer sus méritos. Es decir, apenas empezaron a aparecer los títulos de The End, exclamé con satisfacción a las mujeres de mi vida: "ahora voy a recomendar a otros esta peli que hoy escogí para ustedes y tanto los gustó". Se indignan, me dan con un caño... pero ya me conocen. "Un hombre puede ser derrotado, pero jamás vencido" creo que decía el viejo Hemingway.
Polémicas e injurias domésticas aparte, digamos que el bendito film que impulsa estas líneas se llama The Life Before Her Eyes (La vida frente a sus ojos) y está protagonizada por Uma Thurman (la bella rubia de los dedos más largos) y Evan Rachel Wood (otra rubia, más joven, también muy hermosa). Está dirigida por Vadim Perelman y producida por Magnolia Pictures. El argumento que podemos encontrar en algunas páginas de la Red o en la sinopsis de las cajita no resulta muy esclarecedor ni tampoco tiene demasiado gancho: "Uma Thurman es una esposa y madre de los suburbios que comienza a cuestionarse su -aparentemente feliz- vida con ocasión del 15 aniversario de un trágico tiroteo, sucedido en el instituto donde ella estudiaba, y que le costó la vida a su mejor amiga", nos cuentan. Pero han dicho muy poco; casi nada de las múltiples tramas y enfoques que van por debajo de la superficie, hasta que la resquebrajan y terminan por imponerse.
Creo que el tema gira entorno a una pregunta que nos hacemos de continuo al hacer un balance sobre las decisiones que más pesan en nuestra existencia: ¿Qué hubiera sido si...? ¿Cómo hubiera sido mi vida si...? Dicho así suena acaso muy trivial. El logro de la película está en presentar la cuestión sin revelarlo de una, en plantearlo con la correspondiente incertidumbre, el remezón, no desde la lógica, sino -principalmente- desde el punto de vista emocional, conciencia y corazón anudados.
Un cambio importante en lo que rodea ese cuestionamiento es que no parte (como uno se da cuenta en el desarrollo del film) de una situación reflexiva tranqui. Es que aquí la protagonista enfrenta una circunstancia límite: ¿y si alguien te diera a elegir entre tu vida y la de otro, acaso tu mejor amigo, apuntandote a la cabeza con un arma? ¿Cuál sería tu elección, en que te basarías, podría más tu instinto de sobrevivencia, tus cálculos, o tu corazón? Elección, esa es la palabra clave, llevada a un extremo.
La película cuenta, además, con imágenes muy bellas y con detalles contundentes en medio de un ritmo pausado, acompañadas de muy buena música a tono. La actuación de Truman es convincente, elogiable.
Hay que verla. Mucha gente queda confudida al final... Eso, en lugar de restarle algo, es positivo. Porque la película supo mantener la expectativa hasta el final, lo suficientemente despiertas nuestras emociones y nuestra mente durante esos 90 minutos como para todavía preguntar y analizar el sugerente juego entre el flashback (analepsis) y flashforward (prolepsis) que sostiene la historia, tan parecido a la forma como suelen darse las cosas en nuestro sentir y pensar, y hasta en nuestros sueños, tan parecido al juego de espejos, esos intensos reflejos entre dos nadas, el fulgor precipitado en el vacío que bien puede definir a la vida misma.
Un suspenso muy bien logrado, un drama agudo engarzado con momentos de una placidez y hermosura absolutas. Una historia compleja, porque complejo es el tema que se propone, con giros oportunos y un desenlance que ofrece respuestas, pero también plantea interrogantes. Para seguir pensando.



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